Martes, 27 Diciembre 2016 00:00

Disputas internas del PSUV dejaron a la deriva a la Alcaldía de Caroní

 
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La recolección de desechos sólidos sigue siendo Talón de Aquiles para la alcaldía La recolección de desechos sólidos sigue siendo Talón de Aquiles para la alcaldía William Urdaneta

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Al final fue solo un trofeo. Una medalla más para la vitrina del PSUV. Un botín que, tras el fervor de la contienda, terminó relegado al último rincón de las glorias cubiertas por el polvo y la desidia. Esa fue la historia de la Alcaldía de Caroní este 2016. Una pugna por el poder político entre el propio partido de gobierno.

Los derroteros de Ciudad Guayana rayaron el camino de lo incierto este año. Los tentáculos del poder político regional en el ayuntamiento, orquestado por el gobernador del estado Bolívar, Francisco Rangel Gómez, dejó a un municipio a la deriva, luego de un sinfín de promesas, regodeos, y el letargo de una querella contra el alcalde de Caroní, José Ramón López, que aún está lejos de un punto y final.

El año empezó con un Eriberto Aguilera como alcalde encargado: una investidura de la que luego se hicieron pompas y planes articulados con la Gobernación y la CVG -que nunca se hicieron cuando el aún alcalde electo, José Ramón López- pero que a juzgar por los resultados, se redujo a la recolección esporádica de desechos sólidos, un alumbrado parcial de calles y avenidas, asfaltado de mantenimiento y reuniones protocolares.

¿Qué pasó con los planes de reordenamiento del territorio municipal? ¿Las agendas de “embellecimiento”? ¿El plan de “mantenimiento integral” de Caroní? ¿Los primeros movimientos para la construcción del Bulevar Turístico Comercial La Económica? ¿La piedra inaugural (esas que tanto gustan al Gobierno) del distribuidor de la redoma El Dorado? ¿Y la prometida "súper plaza" en el cerro El Gallo? ¿La remodelación del mercado de San Félix? ¿El de Chirica? ¿Y los avances del Hospital de San Félix? Son solo algunas preguntas que quedan por responder de la gestión de Aguilera.

Lo demás era el derroche protagónico de varias figuras del chavismo local con sed de posicionarse, entre ellos, el mayor general y presidente de CVG, Justo Noguera. Estas acciones, además de demostrar las apetencias de poder de la cúpula regional del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), aflora la discrecionalidad en el manejo de la gestión pública: cómo dependiendo del gobernante se destinan (o no) los dineros, esfuerzos y planes que a final de cuentas deben ir en beneficio de la ciudadanía. Cómo son estos, los ciudadanos, quienes al final terminan pagando la factura de las inquinas “revolucionarias”.

Guayacitanos a la deriva

Fueron los ciudadanos los que al final quedaron a la deriva. Sin institución alguna que los defendiese de esa némesis del transporte público llamada Bus de Tránsito Rápido (BTR): otra obra inconsulta e improvisada de la Gobernación y el Ministerio de Transporte que invisibiliza a la Alcaldía, dependencia obligada constitucionalmente a regir esta materia. Dependencia que, por cierto, jamás se pronunció sobre su exclusión del proyecto; mucho menos en alertar sobre los peligros que implica, y su contribución con el ya avanzado desbaratamiento de la ciudad.

Fueron los ciudadanos quienes volvieron a pagar los platos rotos. Los que vivieron la acostumbrada anarquía del transporte público, protagonizada por capataces a buseta, que cobran lo que quieran a la hora que quieran, trazando las rutas que mejor les plazca según les convenga. Fueron los ciudadanos los que soportaron de nuevo el hedor de calles pestilentes, contaminadas con desechos sólidos que desaparecieron brevemente… solo para reaparecer con más fuerza en cada esquina de Puerto Ordaz y San Félix. Fueron los ciudadanos los que vivieron una vez más el horror de la inseguridad, al ser testigos, cuando no víctimas, de la hasta ahora decimosegunda ciudad más violenta del mundo, que se supera a sí misma en barbarie y en número de muertes al año anterior -669 asesinatos hasta noviembre-.

Fueron los ciudadanos los que pagaron de nuevo la factura de las hieles pesuvistas.

Tito, el ungido circunstancial

TITO

Cámara Municipal de Caroní, obedeciendo órdenes del PSUV, legalizó nombramiento de Tito Oviedo el 13 de octubre de 2016/ FOTO ANIBAL BARRETO

En esas transcurrió el año, hasta que los enroques del PSUV, siempre ajustados a sus conveniencias, deciden retirar a Aguilera de la alcaldía encargada para designar a una de sus fichas que poco o nada tiene que ver con el municipio Caroní: Tito Oviedo. Sí, como lo lee: el PSUV tomando decisiones de Gobierno en Caroní. Nada ajeno a una visión de poder que borra de un cipotazo los linderos del Estado, el partido y el Gobierno.

Lo cierto es que ese partido terminó decidiendo en una de sus tenidas en el hangar de la Gobernación (propiedad del Estado, no del PSUV) quién de ellos regiría los destinos de la Alcaldía -Lo de la Cámara Municipal, aún con mayoría oficialista, sería cuestión de procedimiento-. El ungido: Tito Oviedo, ex diputado de la Asamblea Nacional por el circuito 1 (municipios Heres, Sucre y Cedeño). Despreocúpese si no recuerda su nombre. Su gestión como parlamentario nacional apenas se conoce.

 

BARRA5

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Con Oviedo, nombrado oficialmente el 13 de octubre, se renovaron los “ahora sí”: el eterno mantra de maravillas revolucionarias que siempre se conjugan en futuro. “Ahora sí” embellecimiento. “Ahora sí” calles limpias. “Ahora sí” más inyección de dineros públicos desde la Gobernación y CVG para poner al municipio “como una taza de plata”.

Hasta ahora los resultados de su gestión se traducen en recolección desechos sólidos, desmalezamiento, decretar la navidad a punta de arrebatos, como la inscripción de la Cámara de Comercio en la Redoma Chilemex; y notas de prensa que conjuran la reproducción de las miserias, ¿O acaso es de interés colectivo publicar que la Alcaldía entregó un paquete de pañales para adultos?

Mientras tanto, el municipio sigue a la deriva. Su planificación, su desarrollo. Sus transformaciones de base, más allá de la gestión de alcaldes-conserjes que solo pinten, asfalten y alumbren la ciudad. El municipio está huérfano de gobernabilidad, sí; pero ante todo está huérfano de una ciudadanía que exija cuentas a los gobernantes. Que reclame orden ante una alcaldía que se maneja con la discrecionalidad de una hacienda, capaz de poner a quien le apetece sin que haya un pronunciamiento ciudadano articulado que lo impida. Pronunciamientos hubo, sí, pero de organizaciones políticas y sociales que, aisladas, no terminan de articular una fuerza movilizadora de cambios sociales.

Mientras esa contraloría no exista, Ciudad Guayana seguirá siendo un trofeo. Una medalla más para la vitrina del PSUV. Un botín apetecido que el Gobierno ahora trata de reconquistar con miras a las municipales de 2017.

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