Viernes, 03 Junio 2016 00:00

En las comunidades temen mayor control político con la entrega de bolsas de comida casa por casa

 
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Gobernador de Guárico, Ramón Rodríguez Chacín, al entregar bolsas de comida, se erige como representante benefactor del gobierno Gobernador de Guárico, Ramón Rodríguez Chacín, al entregar bolsas de comida, se erige como representante benefactor del gobierno Foto cortesía
     
  En el gobierno nadie dijo que ahora los productos regulados de más difícil obtención estarían exclusivamente en manos de los CLAP.  
     

El piso del pasillo, ahora desértico, está desgastado. Parece efecto de la erosión. No es exagerado afirmarlo: acá, en el Centro Comercial Zulia, durante más de un año se ha concentrado gente con gente sobre gente con algo de gente. Todos con el mismo fin: comprar comida barata en el estatal Abasto Bicentenario.

Ya no. Ya solo está el piso desgastado y uno que otro caminante extrañado y convencido de que lo que vive es un cataclismo, el arrase de todo vestigio de actividad. Pero de eso, nada. Lo que en realidad ocurre es lo que se comenta a hurtadillas en el establecimiento pero que no se ha hecho oficial: lo que está escaso no se vende aquí. Vaya y hable con el CLAP de su barrio.

Desde hace una semana, los comités locales de abastecimiento y distribución (eso mismo: los CLAP) han profundizado su misión de distribuir bolsas de comida. El sistema, en suma, consiste en censar, recibir y distribuir entre los habitantes de un sector. El asunto es que en el gobierno nadie dijo que ahora los productos regulados de más difícil obtención estarían exclusivamente en sus manos. Lo mismo que, por debajo de cuerdas, se habla en Bicentenario.

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“CLAP es miseria” fue tendencia este viernes

La percepción 

El 3 de abril, el presidente de la República, Nicolás Maduro, anunció la creación de los CLAP como herramienta para combatir la corrupción que se instauró en las ventas reguladas.

Pero a Norys García, quien vive con seis personas más (incluyendo a un niño) en una casa de San José de Cacahual, los comités le parecen, primero, una herramienta de control político.

“Eso se presta para la corrupción, y si ahorita no compramos, imagínate con esos CLAP. Allá, en el barrio, Alimentos Polar va cada 15 días y nos organizamos por listas. Es lo único que tenemos, porque eso de las bolsas de comida, eso lo dijeron hace como dos meses, y todavía nada”, expone.

     
 

Contrapuntos
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CALZADILLA

“Los CLAP es no querer a la patria. Lo que revela es la ineptitud, la improvisación, la incapacidad del gobierno, que se está haciendo daño a sí mismo. El hambre desespera y aquí no hay saqueo porque no hay qué saquear. Esto empeorará la situación de la gente, tanto que en dos semanas tendrán que retractarse de la medida”.
Simón Calzadilla, primer vicepresidente de la AN

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“Vamos contra el bachaqueo, vamos a darles duro a esos personajes nefastos y Caracas va a estar libre de bachaqueros. El dirigente opositor que se coloque de espaldas al pueblo y apoyen esa práctica debe caerle todo el peso de la ley. No vamos a permitir que sigan maltratando al pueblo los CLAP son el único método seguro de distribución”.
Daniel Aponte, jefe de gobierno del Distrito Capital

 
     

De hecho, ya, en Ciudad Guayana, la discrecionalidad para entregar bolsas de comida por parte de los CLAP ha generado protestas, como ocurrió en mayo en la UD-128, San Félix.

No sin recalcar que todo eso es político, García apunta a que, más que policías vecinales para la comida, lo que debe haber es producción “para abastecer. Allá, en el Pdval de La Económica, deberían hacerlo y que haya bastante centros en donde esté la comida”.

“Todo en orden” 

Por el pasillo camina un hombre que no dice su nombre pero sí que es funcionario público y residente de El Cerrito. Al igual que Norys García, considera que los CLAP no son más que control político, y lo ilustra recordando un caso ocurrido en el barrio: “Ellos dicen a quién le dan comida y a quién no. Allá, a muchos de los que firmaron no les llegó la comida”.

No todos concuerdan. No este trabajador del abasto, que accede a responder luego del consabido “nosotros no podemos dar información así, hermanito”. 

- ¿Porque puede haber retaliaciones? 

- No, no, no, no. Aquí no hay retaliaciones con nadie. Es simplemente que nosotros trabajamos, pero no le puedo dar una información de referencia.

- ¿Y como ciudadano no puede opinar? ¿Cree que los CLAP son la mejor alternativa para regular la situación con la comida? 

- Mira, lo primero que tenemos que hacer es cambiar nosotros mismos.

- ¿En qué sentido?

- Muchas cosas. La gente vende aquí y sale y revende. Nosotros estamos condicionando, pero eso escapa de las manos de uno.

- ¿Cree que con la producción hay que hacer algo?

- Bueno, en realidad el gobierno cumple para que todo llegue, pero mientras nosotros no sentemos cabeza, nada va a cambiar.

- ¿Cree que los CLAP son una medida desesperada porque no hay más comida? 

- No. En las bodegas yo veo bastante comida y veo camiones descargando mercancía. Mientras no se acabe esa mafia, va a seguir el problema.

- Como trabajador de Bicentenario, ¿qué opina cuando ve estas neveras vacías y que no hay productos? 

     
 

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- Productos hay, hermano, y toda esta semana ha habido productos. Lo que pasa es que aquí vienen cantidades de personas.

- ¿Entonces no hay escasez? 

- Por mi parte, lo que yo veo es que no. En la calle yo me canso de ver tarantines llenos de comida.

Los saqueos, que durante los últimos días se han reproducido, son el dique de contención para las palabras del trabajador del supermercado. Si no hubiese hambre, seguramente, no hubiese rebatiñas. Es el pulso de una realidad. Como también lo fue Twitter este viernes, cuando la etiqueta #CLAPEsMiseria fue tendencia principal.

La gente busca sus alternativas. Unos recurren al saqueo. Pero no son todos. Gente como Nairoby García prefiere amarrarse el estómago. Aunque suene metafórico, es lo más literal que le ha ocurrido: “Ayer, cuando yo llegué, lo que comimos fue arepa con sardina”.

- ¿En la mañana, de desayuno? 

- No. En el día. Una sola comida. Menos mal que hay un solo niño. Y si cenamos es arepa pelá, porque ni mantequilla hay. Lo demás se aguanta con mango.

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