La especialista en derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV) Jacqueline Richter analiza cómo el control obrero que se intentó imponer en las relaciones del trabajo sólo fue un ardid para construir una burocracia que entregara las empresas al poder militar en Venezuela.

Entregar la administración de una empresa privada a sus trabajadores ha sido una vieja aspiración del sindicalismo revolucionario, pues es un avance en el desmontaje de la propiedad privada de los medios de producción. Tanto para los anarquistas como los marxistas es una fase de la lucha para la transformación del Estado capitalista, aunque hay posiciones encontradas sobre su promoción.

Para los anarquistas sólo tiene sentido si se entrega la propiedad de las empresas. El fin es socavarlas y desaparecerlas desde el Estado.

Los troskistas consideran que es una medida que hay que mirar con reservas, ya que requiere que los obreros participen de las reglas del mercado para que su empresa funcione de manera exitosa. La colaboración de clases está a la vuelta de la esquina.

Similar posición tiene la visión sindical marxista clásica: el control obrero en capitalismo no tiene mucho sentido, porque atempera la lucha de clase y en el socialismo no es necesario porque la estatización de los medios de producción entrega a la clase trabajadora no solo la administración, sino también la propiedad de estos.

Por su parte, las tendencias sindicales socialdemócratas y socialcristianas son más partidarias de promover la cogestión y la autogestión. En ambos casos no se cuestiona el sistema capitalista, sino que se busca desarrollar un espacio de lo que se denomina la economía con rostro social. Ahí caben desde la cogestión a todas las experiencias de autogestión, en particular las cooperativas de trabajo asociado. Estas experiencias han tenido mucho más éxito y hay exitosas empresas cogestionadas en diversos países capitalistas. En materia de autogestión está Mondragón, famosa asociación de cooperativas en el País Vasco. En cambio, una somera revisión histórica muestra que no hay experiencias exitosas de control obrero ni en el capitalismo ni en las experiencias socialistas.

El control obrero implica participar en la toma de decisión en las diversas fases de la producción y comercialización de los bienes y servicios que elabora la entidad productiva. Para ello se requiere que los trabajadores involucrados en la experiencia posean una serie de competencias y habilidades previas para que esa transformación de la organización del trabajo y la producción sea exitosa. Deben no solo tener los conocimientos técnicos, sino acceso a la red de proveedores y distribuidores. A ello se le suma una organización sindical fuerte, con contacto directo con sus bases y sobre todo una buena experiencia previa en el manejo de sus recursos y finanzas.

La experiencia en las empresas básicas parece alejarse de todos esos requisitos.

En primer lugar, la propuesta fue impuesta desde el Estado. La conformación de las mesas técnicas y la designación de los gerentes y presidentes trabajadores fue realizada por afinidades políticas sin ningún criterio técnico u organizativo. En el fondo se construyó una burocracia que poco tenía que ver con la transformación productiva.

En segundo lugar, el control obrero convivió con la dirección real de las empresas en manos de militares, los cuales por su formación son poco dados a la consulta de sus decisiones.

En tercer lugar, las organizaciones sindicales no tienen capacidad técnica para participar en ninguna experiencia de gestión, pues su máxima experiencia es rendir el informe financiero que el Ministerio del Trabajo les exige cada año y no todas lo hacen. Si las organizaciones carecen de ese acervo gerencial, menos lo tienen sus afiliados.

En cuarto lugar, una experiencia novedosa en medio de una fuerte crisis económica requería de un acompañamiento estatal que no se dio, pues tampoco hubo un real esfuerzo de capacitar a los trabajadores para un reto que implicaba un cambio importante en la forma de concebir las relaciones de trabajo. El fracaso se avizoraba desde su anuncio por el fallecido presidente Chávez, quien vinculó la experiencia con su decisión de desplazar a una gerencia que visualizaba como poco comprometida con el cambio revolucionario.

Cualquier cambio en la organización del trabajo y la producción marcado por razones ideológicas tiene asegurado su fracaso. La historia del control obrero es una muestra de ello. En nuestro caso se le sumó la improvisación y su uso para desplazar no sólo a una gerencia visualizada contraria al proyecto del socialismo del siglo XXI, sino también para dirimir conflictos internos en el chavismo.

Profesora titular de la Universidad Central de Venezuela

 
 

Editorial Roderick