El trabajador de Sidor José Luis Alcocer califica como contradictoria la conducta revolucionaria de los principales promotores del control obrero, cuyas actuaciones se tradujeron en una rebatiña por cargos y privilegios, mientras la producción decaía.

Uno de los planteamientos que el socialismo del siglo XXI puso en la discusión en los centros de trabajo fue el empoderamiento por parte de los trabajadores del control de la producción. Fue el plan alternativo después de la derrota de las elecciones por la base de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV).

Teóricamente, el control obrero es la participación total o parcial en el manejo de fábricas y otras empresas por parte de los trabajadores y, por extensión, el control por parte de una corporación obrera o sindical de un sector importante del aparato productivo de una sociedad.

La principal manipulación o sesgo con que llegó el control obrero fue darle prevalencia al obrero sin preparación y a los sindicalistas en el control planteado, era como una reivindicación épica a quienes “la sociedad les había impedido la formación académica”. Para eso se valieron de los vetustos y anacrónicos documentos del Che Guevara, obviando un concepto más contemporáneo de que trabajadores son todos, tanto los que hacen un esfuerzo físico, como los que hacen un esfuerzo intelectual.

Por ejemplo, en las jornadas sobre el control obrero realizadas en agosto de 2009 se planteó una estructura directiva de la empresa tomada de la revolución bolchevique de 1919, con las siguientes alternativas: 1) Un director administrador, sindicalista, con un ingeniero de asistente, 2) Un ingeniero especialista con un comisario sindicalista adscrito a él, 3) Un ingeniero administrador con dos sindicalistas asistentes.

El aliciente esperanzador es que el Estado es el propietario legítimo del lugar de trabajo, pero quienes deciden sobre su manejo son los trabajadores. Por otra parte, el entrenamiento fue dirigido exclusivamente a los afectos al proceso revolucionario; no fue una discusión ideológica, sino una ideologización a ultranza.

Además, fue contradictoria la conducta revolucionaria de los principales promotores del control obrero. Su actuación se tradujo en una rebatiña por cargos y privilegios. Así ocurrió en Sidor, en el sector aluminio y en Edelca y, mientras esto ocurría, las empresas se deterioraron y la productividad decreció vertiginosamente.

Hechos como elegir a los gerentes por voto popular y después ni siquiera ellos mismos respetarlos, imponiendo sus afectos, fue determinante en la debacle de la producción. En el plan socialista presentado por el régimen chavista era requisito para pertenecer a los consejos de trabajadores y al control obrero estar identificados con el proceso revolucionario liderado por el presidente Chávez, lo cual se hizo extensivo a todo el país en la medida en que aumentó el número de expropiaciones.

Resultó incomprensible querer reeditar la misma cartilla fracasada de la Unión Soviética y Cuba. Plantear en pleno siglo XXI que se debe impulsar la ruptura jerárquica que genera la división del trabajo fue transitar el mismo camino de la extinta Unión Soviética donde el factor humano fue determinante para su desmoronamiento, debido a que no existía motivación en los trabajadores porque se les garantizaba su manutención -a duras penas- indistintamente de su conocimiento y preparación académica.

La sumatoria de la productividad individual incidía en la productividad nacional, la cual fue disminuyendo en forma progresiva, unos índices que ya habían sido anunciados por Kruschev, mantenidos por Brezhnev Andropov, Chernenko y que Gorbachov no pudo contener.

Tomando en cuenta lo expresado por el diputado Ulises Daal, miembro de la Comisión de Participación Ciudadana de la Asamblea Nacional en 2010, el cambio en la división del trabajo implica que en el nuevo sistema “no habrá privilegios, no habrá posiciones jerárquicas y todos percibirán lo mismo por igual”. Toda una locura que hoy pretenden mantener con los consejos productivos de trabajadores (CPT).

Exsecretario de organización del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y Sus Similares (Sutiss)

 

 
 

Editorial Roderick