Arrodillado sobre el asfalto, el padre Pernía vio que a su lado había una mujer que rezaba entre lágrimas. Estaban en el estacionamiento del hospital del Seguro Social, donde ese jueves 10 de septiembre un compañero suyo, el sacerdote Ricardo Ramírez, dirigía una misa para bendecir el centro. Una semana antes había hecho lo mismo en el Hospital Central. El estacionamiento estaba lleno de personas cubiertas con mascarillas y caretas.

l padre Enmanuel Pernía tenía miedo. Mientras se dirigía a la sala de aislamiento de pacientes de covid-19, se sintió como un astronauta en una caminata lunar. El pasillo estaba oscuro. Llevaba sobre su ropa un traje de protección blanco. Una capucha cubría su cabeza. Encima le pusieron una bata quirúrgica que hacía juego con las medias de plástico con las que cubrieron sus zapatos. Los guantes negros combinaban con la mascarilla. Encima de ella se puso lentes de protección. Pensó que el equipo de protección no lo distinguía de los médicos a pesar de que el alzacuello blanco estaba a la vista. Pernía quería que los pacientes lo identificaran como un hombre de Dios que llegaba a ofrecer consuelo espiritual. Se puso una estola morada por encima de sus hombros, la banda de tela que usan sacerdotes y presbíteros como símbolo de Jesús.

“Dios mío, con qué nos iremos a encontrar”, pensó. Alguna parte de ese pensamiento debió notarse en su cara porque el doctor Richard Torres, subdirector del hospital, se detuvo antes de entrar.

—Vamos a mamar gallo allá adentro. Cambiemos los rostros.

—Sí, sí. Cambiemos los rostros.

Ese martes 28 de julio estaban en la emergencia del hospital Patrocinio Peñuelo Ruiz, un centro perteneciente al Instituto Venezolano de los Seguros Sociales en San Cristóbal. Además de párroco, el padre Pernía es el capellán del hospital.

 

Esta es una historia de Luisa Salomón en el marco del proyecto de Prodavinci y el Centro Pulitzer: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela.

 

Según el plan del gobierno anunciado en marzo, a pesar de ser un estado fronterizo, Táchira tenía un solo centro centinela: el Hospital Universitario de San Cristóbal, conocido como Hospital Central. En el plan original los estados del interior del país tenían muchos menos centros disponibles en comparación con áreas urbanas como Caracas. Táchira comparte frontera con Colombia y tiene dos de los pasos más activos entre los dos países. Los casos comenzaron a aumentar en los estados fronterizos después de que miles de venezolanos migrantes retornaran caminando al país, la mayoría de ellos empujados por las precarias condiciones económicas que provocó la pandemia en países al sur, como Brasil, Perú y Ecuador. Un mes después del inicio de la pandemia, incorporaron como centinela al hospital donde el padre Pernía era capellán.

El plan para ingresar a la zona de aislamiento empezó casi dos meses antes, a principios de junio. El padre Pernía tuvo la idea al ver las noticias sobre sacerdotes en España, Italia y México que ingresaron a hospitales para apoyar en la crisis de covid-19. Se lo participó al subdirector Torres, de quien es amigo por sus actividades religiosas. El subdirector, entusiasmado, llevó la propuesta al director del hospital, el doctor Ramón Chávez. “Claro que sí, prepárense”, les dijo el director. Pero no definieron una fecha.

Pasaron seis semanas. Durante ese tiempo, los casos confirmados en Venezuela aumentaron de 2 mil a 12 mil. Cada día se reportaban más médicos infectados. El director del hospital fue uno de ellos. A mediados de julio, el padre Pernía recibió una llamada. “Manuel, vamos a llevar los santos óleos al doctor porque está en una situación bastante fuerte”, le dijo el subdirector Torres. Retomaron el plan.

El padre Pernía no quería usar los equipos de los médicos del hospital, así que pidió ayuda entre las organizaciones que colaboran con su parroquia. Entre varias donaciones reunió el equipo de protección.

Veinticuatro horas antes de la visita llamó al obispo Mario Moronta. No había pedido permiso a la Iglesia. “¡La jalada de orejas que me echó! Pero al final me dijo: ‘Manuel, tiene razón. Esta es una obra de caridad, es nuestra misión. Si quieres hacerlo y tienes los equipos, cuenta con mi apoyo. Hazlo, por favor’. Habló como un papá que cuida a sus hijos, porque ya han muerto tres sacerdotes con covid aquí en Venezuela. Él temía que yo me enfermara”. En Italia y España, los primeros centros de la pandemia en Europa, murió más de un centenar de sacerdotes y religiosas durante la primera ola de epidemia.

El hospital del Seguro Social habilitó el área de Emergencias como sala de aislamiento. Hay una sola entrada y salida en el área pediátrica. En la zona aislada, el padre Pernía y el subdirector Torres se encontraron con ocho pacientes. Como había veinte camas, estaban distribuidos con una cama vacía por medio. Aunque tenían síntomas, estaban todos estables. A mediados de julio, la mayoría de los pacientes de covid-19 en Táchira eran recibidos todavía en el primer centinela, el Hospital Central. El padre Pernía había escuchado que en aquel centro había más de cien pacientes.

“Epa, mijitico, usted si está gordito aquí”, bromearon con cada paciente. Los médicos de guardia los acompañaron. El subdirector Torres llevó en un papel una plegaria escrita por el obispo Moronta para el Santo Cristo de La Grita, cuya tradición se remonta al año 1610 y es considerado el santo patrón del Táchira. Rezaron con cada paciente.

El director del hospital era el noveno paciente, el único en cuidados intensivos. Tenía asistencia respiratoria. El padre Pernía rezó junto a él y le aplicó la unción de los enfermos, uno de los siete sacramentos de la Iglesia Católica. Antes conocida como la extremaunción, solo se aplicaba in articulo mortis (a punto de morir). La unción de los enfermos se realiza para perdonar los pecados del paciente, darle salud y fortaleza para enfrentar la enfermedad. Siguiendo la tradición, el padre Pernía ungió aceite bendito en la frente y las manos del doctor Chávez. Antes de salir, otros dos pacientes pidieron la unción al padre.

Un enfermero ayudó al padre Pernía a quitarse cada prenda para evitar que las tocara. Cada vez que lo hacía, le ponía gel antibacterial en las manos para desinfectarlas. Después de unos 20 minutos, salieron. Adentro había aire acondicionado y el ambiente era fresco, pero después de quitarse el traje, el padre Pernía sintió que había perdido unos tres kilos. Sudaba.

Tres personas lo esperaban afuera, las mismas que se asomaron a verlo durante la preparación. Eran familiares de algunos pacientes. Habían ido a llevar los tratamientos.

—Gracias, padre. ¿Vio a mi hijo? –le preguntó la madre de un paciente de diálisis que también tenía covid-19.

—Sí, mija, allá lo vi. Le mamé gallo al loco ese. Le dije: “Chamo, que usted no puede estar quieto, ahora lo agarró esta vaina”.

“Pobrecito el muchacho. Pero por lo menos le saqué una sonrisa a la madre”, dice. 

* * * 

Al despedirse de su misa, una tarde de mediados de marzo, el padre Pernía sospechaba que podría ser la última por algún tiempo. Ese domingo, las autoridades anunciaron la primera cuarentena en Táchira y otros cinco estados. La pandemia había llegado oficialmente a Venezuela el 13 de marzo, pero a su iglesia había llegado semanas antes en las peticiones de feligreses que rezaban por sus hijos emigrantes en Italia, en España, en Perú, en Chile.

Dedicó esa última misa a la predicación de San Benito Abad, aunque faltaban cuatro meses para su festividad del 11 de julio.

“Mijiticos, si no estamos abiertos cuando sea la fiesta de San Benito, voy a mandar a diez personas para llevarles las monedas de San Benito a sus casas”.

El padre Pernía es devoto de San Benito Abad, considerado el padre de la vida monástica en la Iglesia Católica. Predicaba la importancia del trabajo para alcanzar el bien. El padre Pernía ha dedicado casi toda su vida al sacerdocio. Durante su infancia en Aguas Calientes, una zona del pueblo fronterizo Ureña, su familia vivía frente a las monjas dominicas. Su progenitor era el sacristán de la iglesia y el pequeño Enmanuel era monaguillo. A los 11 años ingresó al seminario Santo Tomás de Aquino en Palmira, a 52 kilómetros de casa.

   
El padre Pernía el día que fue ordenado sacerdote, en junio de 1999

El seminario era un internado, solo podía salir una vez al mes para visitar a su familia. Ahí vivió por trece años, cinco del seminario menor y ocho del seminario mayor. Cuando entró al seminario mayor, sus superiores descubrieron que tenía habilidad para organizar eventos. Desde entonces, fue el encargado de la vendimia del seminario, del festival de la voz vocacional, de la pastoral en la Universidad de Los Andes.

A mediados de la década de los 90, comenzó a predicar. Estaba a mitad del seminario mayor, cuando el entonces obispo monseñor Méndez Moncada le dio la instrucción de dar las nueve misas de aguinaldo en la Iglesia de la Ermita. Las misas de aguinaldo son de las más populares de la época navideña, porque son la preparación para el nacimiento de Jesús, y La Ermita es una de las iglesias más grandes y antiguas de San Cristóbal. Pernía era seminarista y tenía 20 años. El primer día de misas veía de frente que todos los bancos de la iglesia estaban ocupados. “Aquel gentío para hablarle de Dios. Menos mal que tenía una sotana y no le veían a uno las piernas ahí temblando”.  

Veinticinco años después de aquel estreno, el padre Pernía ha pasado por más de cinco parroquias. Desde hace dos años, además de capellán del hospital es párroco de San Judas y San Pedro de La Romera, una parroquia de San Cristóbal. En esa iglesia dio su última misa y en ella preparó las monedas que prometió.

A San Benito Abad se le rinde culto con una medalla que por el anverso tiene su figura y por el reverso una cruz rodeada de iniciales de frases en latín, entre ellas, vade retro Satana. Es una de las medallas más antiguas y más usadas en la tradición cristiana: católicos, ortodoxos, anglicanos y luteranos la usan para protegerse del mal. El padre Pernía las llama monedas, porque las hace él mismo. Hace unos años, cuando era párroco en San Juan de Colón, otra población del Táchira, encontró un baúl con 12 mil monedas de 1 bolívar fuerte, las que tienen un borde dorado. Sin valor real en una economía inflacionaria –desde hace tres años hiperinflacionaria– el padre decidió reciclarlas. Imprimió en papel el diseño de la medalla, lo pegó en cada moneda por ambos lados y lo cubrió con resina. Dos años después las había regalado todas. Desde entonces mantuvo la costumbre de hacerlas.

Por aquellos días de su última misa antes de la pandemia, el padre Pernía había pedido a sus feligreses que le donaran monedas. En Táchira no son comunes porque casi nadie las usa: no tienen valor, desde hace unos años es más frecuente la circulación del peso colombiano. Muchos las recogen para venderlas en Cúcuta, Colombia. Allá las buscan por el metal dorado del borde. Recolectó 600 monedas.

Un día después de su última misa, la cuarentena se amplió a todo el país. Se suspendieron las actividades escolares, laborales y comerciales. Solo tenían permiso de circular los trabajadores de salud, seguridad y prensa. El país estaba oficialmente cerrado. La orden incluía las iglesias.

Por ser sitios de reunión, los templos religiosos se consideran de alto riesgo. La covid-19 se transmite principalmente de persona a persona a través de secreciones que se expulsan al hablar, especialmente cuando las personas están en sitios cerrados y a poca distancia, como en las misas. Fue por un servicio religioso que Corea del Sur tuvo su primer gran brote de covid-19. Después de pasar cuatro semanas con la epidemia controlada en sólo 30 pacientes, la paciente 31 ignoró sus síntomas y antes de hacerse la prueba asistió a dos misas en una iglesia cristiana. Las autoridades rastrearon a 1160 con síntomas de la enfermedad como contactos de la paciente 31. Para el segundo mes de la epidemia coreana, el 60% de los casos del país estaban relacionados con su iglesia.

A medida que se masificaron las cuarentenas, en algunos países como Estados Unidos o Colombia reclamaron el cierre de los templos. La Conferencia Episcopal Venezolana, por el contrario, suspendió todas sus actividades formativas, actos litúrgicos y religiosos, con la excepción de la unción de los enfermos. Pidieron a las parroquias y a la organización católica Cáritas atender las directrices de las autoridades sanitarias y buscar alternativas para los comedores sociales y ollas solidarias, actividades que han aumentado en el país en los últimos años, a fin de evitar convertirlos en focos de contagio.

El padre Pernía cumplió la orden. Cerró su templo. Con él detuvo también una de las actividades que lo había hecho crecer. 

* * * 

Cuando el padre Pernía llegó a su parroquia, a principios de 2019, se encontró con una iglesia pequeña. Había una sola columna de cemento rodeada de monte donde debía estar la casa parroquial. Once sacerdotes habían rechazado la asignación antes que él. Aunque se sintió tentado de rechazarla, ahora no podía devolverla. Todavía siendo un desconocido sin cuarto donde dormir, al tercer día le pidieron visitar a una señora muy anciana que estaba enferma. Aunque no era completamente ciega, tampoco veía del todo bien.

–¿Qué fue? ¿Nos mandaron otro vejete? –preguntó al escuchar la llegada del sacerdote.

–Ningún vejete, mijitica. Yo soy bien juvenete, los vejetes ya no vienen para acá.

Los tres párrocos que precedieron al padre Pernía eran ancianos. El último en irse tenía más de 80 años y lo retiraron para darle descanso. La parroquia San Judas y San Pedro de La Romera se extiende por una de las principales vías de San Cristóbal. El padre Pernía se sorprendió al descubrir que la parroquia tenía 24 años. Era relativamente desconocida. Sin redes sociales, la iglesia virtualmente no existía.

Los primeros meses dormía en un cuarto prestado en la parroquia La Coromoto. Caminaba todos los días las 14 cuadras que lo separaban de su parroquia. Creó cuentas en redes sociales para su iglesia. Buscó apoyo en la organización Cáritas para expandir sus actividades y comenzaron una olla solidaria. Llamaron al programa “Sopas Tadeo” y empezaron entregando platos los jueves al mediodía. Se corrió la voz. A la iglesia llegaron otras organizaciones para ofrecer apoyo a su comedor con algo más que comida.

La comida se servía en un patio pequeño con mesas cubiertas con manteles. Prohibió el uso de envases plásticos, compraron tazas mondongueras y cubiertos de metal. Los jueves abrían la iglesia desde temprano para que nadie hiciera cola en la calle. “Yo quería esto como un restaurante, mijitica, para atender a todo el que llegara”, dice el padre Pernía. Durante la espera, un grupo hacía teatro y actos con mimos para entretener. Algunos barberos ofrecían cortes de cabello detrás de la iglesia. Cuando llegaban médicos voluntarios, el padre les pedía que revisaran a los más ancianos.

 
El padre Pernía durante una misa en octubre de 2019
 


Después de algunas semanas comenzaron a reconocerlo en la calle. Dejó de caminar las 14 cuadras. Ahora lo transportaban cuando lo veían pasar por las mañanas. En unos meses, la iglesia tenía seis grupos diferentes de 30 voluntarios que se alternaban para repartir las sopas los días jueves. “Es mejor tener amigos que plata, así que pedí materiales para construir la casa parroquial”, cuenta. La terminaron siete meses después. Los feligreses lo bautizaron “el padre mijitico” y todos los días algunos pasaban a saludarlo. Justo antes de que llegara la pandemia, extendieron la entrega de sopas a los viernes. Entregaron 3600 sopas en un solo mes.  

Con la instrucción de suspender las actividades por la cuarentena, el padre Pernía cambió toda su estructura. Cerró “el restaurante”. Retomaron los cubiertos de plástico y repartieron las sopas en la entrada de la iglesia. Pero llegaba mucha más gente.

La iglesia ha sido históricamente un sitio de refugio en tiempos de emergencia. Tardó en aprender que no siempre podía serlo. Durante la segunda pandemia de peste entre 1300 y 1600, conocida como la peste negra, los sacerdotes abrieron sus templos y monasterios para atender a los enfermos. Muchos de ellos fallecieron. La iglesia católica de la Europa medieval vio la pandemia como un castigo divino y respondió abriendo los templos, promoviendo ayunos, convocando peregrinaciones y haciendo más misas para rezar por el perdón de Dios. Algunos extremaron sus creencias. La secta de los flagelantes, rechazada por el papa Clemente VI, viajaba de pueblo en pueblo latigueándose públicamente como sacrificio a Dios. Incluso cuando se intuía que la peste debía ser contagiosa, se mantuvieron los ritos religiosos. Las iglesias no cerraron.

Durante esa pandemia se implementó por primera vez el aislamiento como medida preventiva. Los barcos de las ciudades italianas, movidos por el comercio, mantenían a su tripulación encerrada en las naves por cuarenta –quaranta– días después de arribar a una ciudad. Así nació la cuarentena.

Encerrado en su casa parroquial, el padre Pernía seguía de cerca las noticias de la pandemia. Leyó sobre el virus, aprendió cómo se transmitía y se interesó por el avance de las vacunas. Cuando el gobierno autorizó las flexibilizaciones de la cuarentena en Venezuela, a pesar de que los casos estaban en aumento, el padre Pernía mantuvo cerrada su iglesia. Preocupado por la llegada de más personas buscando alimento, suspendió las Sopas Tadeo debido a la aglomeración en las calles y el riesgo que implicaba reunir a sus voluntarios.

El 10 de julio, un día antes del onomástico de San Benito Abad, la Conferencia Episcopal Venezolana publicó un comunicado. Después de consultar con expertos en salud pública, ratificó el cierre de los templos y la suspensión de las actividades que implicaran aglomeraciones. Al día siguiente, sin poder abrir el templo, el padre Pernía llamó a diez voluntarios y envió las moneditas prometidas. 

* * * 

Arrodillado sobre el asfalto, el padre Pernía vio que a su lado había una mujer que rezaba entre lágrimas. Estaban en el estacionamiento del hospital del Seguro Social, donde ese jueves 10 de septiembre un compañero suyo, el sacerdote Ricardo Ramírez, dirigía una misa para bendecir el centro. Una semana antes había hecho lo mismo en el Hospital Central. El estacionamiento estaba lleno de personas cubiertas con mascarillas y caretas. La mayoría eran familiares de pacientes. También había médicos y enfermeras que rezaban por varios compañeros que estaban hospitalizados.

Mientras hacían la bendición del Santísimo Sacramento, les avisaron que había muerto uno de los pacientes con covid-19. Era el familiar de la mujer que el padre Pernía tenía a su lado. Sin poder dar abrazos debido al distanciamiento, el padre extendió el brazo y lo puso en el hombro de la mujer.

Antes de terminar la misa murió otro paciente dentro del área de covid-19. El padre contó que lo habían trasladado desde Barinas porque no había capacidad para atenderlo en ese estado. “El llanto de los familiares era terrible”, recuerda. Todos los días se entera de nuevas muertes por la enfermedad en el estado.

Días después lo llamó la hermana de una amiga muy querida. Le pidió que visitara a su hermana, se había contagiado de covid-19 y estaba hospitalizada en el Hospital Central. El padre Pernía no quería ir a ese hospital. Le habían dicho que había tantos casos que entrar era como ir a la guerra. Pero el padre pensó que tenía el traje de bioseguridad; pensó en su amiga. Entonces le propuso que pidieran permiso, pues allá no era capellán. Un día antes, cuando tenía todo listo, lo llamaron para avisarle que su amiga había muerto.

“Bueno, que Dios tenga a la gordita en el cielo… Pero la verdad es que yo tenía mucho miedo de entrar”, dice el padre.

El padre Pernía dice que si contara todas las veces que se ha metido en situaciones de riesgo, no alcanzaría el tiempo. Cuando lo ordenaron sacerdote, seis meses antes de cumplir 25 años, su primera asignación fue en el estado Bolívar. Ahí lo nombraron capellán de la cárcel de Vista Hermosa.

    Una jornada de las sopas Tadeo. Foto publicada por el padre Pernía justo antes de la cuarentena, el 5 de marzo de 2020

En la cárcel se encontró con una figura muy grande de la Virgen de Las Mercedes, la patrona de los presos. Le pareció muy bella, excepto por un disparo que le habían hecho en la frente. El padre dijo que debían arreglarla. Su objetivo como capellán era ayudar a pacificar el penal.

Hace 20 años no existía la figura del pran, como llaman a los presos que ejercen el control dentro de las cárceles venezolanas. Antes le decían jefe de pabellón a quien controlaba algunas zonas de la prisión. Vista Hermosa tenía varios y el padre Pernía se reunió con todos. Les dijo que debían arreglar a la Virgen, que debían respetar a las mujeres detenidas que por esa época compartían reclusión en la misma cárcel. Les dijo que celebrarían las fiestas de la Virgen sólo si se comportaban durante la novena. Por nueve noches no hubo disparos ni riñas en las celdas. Pasó una noche de esas en una celda. No le sucedió nada, pero no le quedaron ganas de repetirlo.

Cuando finalmente acordaron reparar a la Virgen de la entrada, se encontró que era hueca: por detrás estaba llena de chuzos y armas improvisadas. “Tenían a la Virgen de cómplice”.

Años después, lo asignaron a la iglesia –ahora basílica– de San Antonio de Padua en la ciudad de San Antonio del Táchira, fronteriza con Colombia. La gente de la comunidad le contó que por las noches veían cruzar a paramilitares colombianos con mulas cargadas de droga. Curioso, le comentó al padre Luis Gilberto Santander, el párroco principal: “Él me dijo que fuera a investigar para escribir un libro. ‘Échele’, le dije. Yo quería ver cómo era la vaina”.

Una noche se fue vestido de civil, sin el alzacuello que delata a los sacerdotes, a la finca de una familia que tenía sus tierras en zonas de trochas, como se conocen a los pasos ilegales. Pasaron la noche jugando dominó y tomando miche. Cerca de la una de la madrugada escuchó una voz con marcado acento colombiano:

—Buenas noches a los señores. Buenas noches, don Benavides. ¿Cómo están los señores? Nos disculpan, vamos a pasar por aquí.

—No se preocupe, tranquilo –le respondieron.

Llevaba un arma visible en el cinto. Detrás de él pasaron diez hombres, ocho mulas con carga y otros diez hombres al final.

—Muchas gracias a los señores… ¿Y el padre qué hace por aquí? –preguntó antes de marcharse.

“Hijo’e mache, yo estaba de civil. Ya me conocían”, cuenta. Siguió visitando la finca por las noches para investigar. Después de varios meses de trabajo, el padre Pernía y el párroco Santander publicaron el libro.

La verdad, dice, es que a veces le gustan las situaciones de adrenalina.

Pero la pandemia le ha enseñado a trazar límites. En los dos últimos meses Venezuela pasó de 12 mil a más de 70 mil casos de covid-19. A finales de agosto murió el director del hospital del Seguro Social después de más de un mes hospitalizado con covid-19. Unos días después de la muerte de la amiga del padre Pernía, falleció fray Edixsandro Morán después de pasar semanas hospitalizado. Tenía 35 años. El padre Pernía lo conocía, era el párroco de la iglesia El Ángel en San Cristóbal. Recientemente informaron la hospitalización, también en San Cristóbal, del presbítero Jesús Mora Calderón, el sacerdote de la Basílica del Santo Cristo de La Grita. Tiene covid-19 y la iglesia pide donaciones para pagar el tratamiento con remdesivir, que deberían entregar las autoridades a los hospitales y clínicas.

 
Personal de salud participa en la bendición al hospital del Seguro Social el pasado 10 de septiembre | Foto Carlos Eduardo Ramírez
 


“Monseñor tiene miedo con los curas brincones como yo. El obispo vive rezando por uno. Siempre salgo protegido, con mi mascarilla y todo, porque pues yo sí soy muy brincón y me la paso en la calle”, dice el padre Pernía.

La Conferencia Episcopal Venezolana pidió a los sacerdotes usar la tecnología y adaptar todas sus actividades religiosas. Lo han hecho poco a poco. En Caracas, el Nazareno de San Pablo no tuvo procesión el miércoles Santo sino un recorrido por toda la ciudad en el papamóvil que usó el papa Juan Pablo II durante su visita a Caracas en 1996. En la Iglesia de Nuestra Señora de Coromoto, en El Paraíso, han hecho automisas: como en los autocines, los feligreses oran desde sus vehículos. Varias iglesias transmiten sus misas por Instagram. En Táchira, la peregrinación del Santo Cristo de La Grita, con 410 años de tradición, por primera vez fue digital.

El padre Pernía se comunica con sus feligreses por varios grupos de WhatsApp. Al principio de la cuarentena rezaban juntos por esa vía. Pero los continuos cortes eléctricos y de Internet lo dificultaban. “La gente mandaba como ocho o nueve misas de curas diferentes todos los días. Dije no, esto me está acabando los datos, los megas del teléfono”. Al final propuso que todos escucharan la misa del obispo Moronta, que se transmite por radio y el canal de YouTube de la diócesis.

La iglesia sigue cerrada, y el padre Pernía sospecha que así permanecerá al menos por lo que queda de año. Además, las últimas dos semanas han tenido más apagones de lo usual. La iglesia se queda sin luz tres o cuatro veces al día, por varias horas. Pero él está cada vez más ocupado. Dice que practica la “iglesia en salida”, como le llama el papa Francisco. Todos los días tiene asuntos que atender y personas que visitar.

El padre Pernía fue incluido en un proyecto de alimentación en la Universidad Nacional de la Seguridad en Táchira, la cual funciona como Puesto de Acción Social Integral (PASI) para mantener en cuarentena a quienes llegan por la frontera. La Organización de Naciones Unidas estima que más de cinco millones de venezolanos habían emigrado o buscado refugio en otros países antes de la pandemia. En septiembre, la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios reportó que más de  90 mil venezolanos han regresado al país por las fronteras terrestres. La mayoría llega por el estado Táchira. Las cifras no incluyen a quienes entran por las trochas, como se le conoce a los pasos ilegales.

Recientemente la iglesia del padre Pernía fue incluida en el Plan Samán de Cáritas Venezuela. El grupo de su iglesia hará comidas para niños, 25 de la comunidad y 75 del hospital del Seguro Social, entre pacientes e hijos de los trabajadores. También retomó las visitas al hospital como capellán para rezar con los pacientes. El único pabellón que no visita es el de aislamiento. Están prohibidas las visitas.

“Yo creo que esa es la misión del sacerdote: llegar a donde están los enfermos, pero especialmente donde el mismo sacerdote por miedo humano no llega. Hay que vencer ese miedo humano. Después que uno lo ha vencido, ya uno queda en la mano de Dios. Pero uno llevó esta palabra de aliento a donde están esas personas. Esa es la misión mía como sacerdote y yo la continúo”.

Hace dos semanas retomó su programa de sopas. Ya no hacen 600 sopas, ahora son 150. Pidió a la comunidad donaciones de envases plásticos, como potes de arroz chino o de mantequilla. Sus voluntarios los lavan y desinfectan. Para evitar aglomeraciones en la iglesia, todos los jueves reparten las sopas en las plazas Bolívar y La Ermita. Van cubiertos con mascarillas y pañoletas “como las de los moteros”.

“El virus se contagia entre personas. Se la pasan para arriba y para abajo, pero nadie se les acerca. Les tienen miedo porque dicen que los van a robar. Dicen que huelen mal o se alejan porque creen eso de que son un arma biológica. Pero mire, los más sanos son ellos porque son los que menos contacto tienen”.

 
 

Editorial Roderick