Neyla llegó a Venezuela para despedirse, pero no lo sabía. Tenía seis años fuera del país y en marzo de 2020 regresó para cuidar a su madre con cáncer. Pero las restricciones impuestas por la pandemia de covid-19, la dejaron atrapada. Esta es su historia.

eyla no lo sabía, pero llegó a Venezuela para despedirse. Y justo a tiempo, porque si salía de Holanda un día después, no hubiese podido entrar al país. Nicolás Maduro suspendió los vuelos a Europa el 12 de marzo por la pandemia de covid-19 y Neyla llegó el 11. Al aterrizar, aunque la apuntaron con un termómetro en la frente y una cámara de video la filmaba, no pensó en la pandemia. Su mamá había sido operada de emergencia.

Llegó a Puerto Ordaz, la ciudad sede de las empresas mineras e hidroeléctricas más importantes del país, a las diez de la noche. El aeropuerto más grande del estado Bolívar estaba vacío y oscuro. Javier, su hermano, la buscó. Desde la ventana del carro la ciudad era irreconocible. Un desierto ajeno. El país había cambiado. Pero mientras trataba de reconocer las esquinas que la orientaban a casa, entendió que ella había cambiado más.

  Esta es una historia de Helena Carpio en el marco del proyecto de Prodavinci y el Centro Pulitzer: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela.

 

Neyla se fue a los 26 años de Puerto Ordaz. Iba por seis meses a aprender inglés en Canadá, pero no regresó. Estando en Toronto, le rechazaron la solicitud para recibir dólares preferenciales por CADIVI. Entonces dejó los estudios y comenzó a trabajar para mantenerse. Primero limpió hoteles, residencias de estudiantes y apartamentos. Luego trabajó en construcción, tumbando paredes, moviendo escombros. Siete meses después de haber llegado, en julio de 2015, recibió un mensaje por WhatsApp de Javier que le sacó el aire de los pulmones: “Queridos hermanos, papá falleció anoche en la madrugada”. Neyla lo releyó varias veces. Buscó pasaje de avión pero no podía pagarlo. Tampoco le daba tiempo de llegar al funeral. Pensó en qué le diría su papá: “Quédate allá, yo ya me fui”.

Neyla mudó su luto de Canadá a Irlanda. Viviendo en Dublín, le pidió a su madre que le enviara el reloj de su padre. Con esa pulsera plateada que tantas veces marcó el compás de su adolescencia, tuvo un referente para llorarlo. Sin funeral, el reloj fue lápida. Cuando Javier le escribió en marzo de 2020 para explicarle que su mamá debía ser operada de emergencia, Neyla decidió que esta vez no se despediría a distancia. Tampoco dejaría a su hermano solo. Sus padres se separaron cuando tenía nueve años y creció con su papá. Tenía que reunirse con su madre después de tantos años separadas. 

Un mes antes, el 14 de febrero, a su madre le dio fiebre y le costaba tragar. Tomó plantas medicinales para aliviar los síntomas. Había escasez de medicinas y las que encontraba eran muy caras. Días después sintió que se le cerraba la tráquea, no podía tragar. Adelgazó mucho. Javier la llevó a once médicos de distintas especialidades. Un ultrasonido reveló una calcificación y un tumor en el cuello. Días después desarrolló problemas para respirar. En tres semanas el tumor pasó de ser indetectable a casi asfixiarla.

En la casa, Neyla dejó sus maletas en la puerta y entró al cuarto de su madre. Estaba recostada en una mecedora. Tenía lentes de sol porque le molestaba la luz. Aunque tenía seis años sin verla, Neyla la saludó de lejos, manteniendo una distancia prudente en razón de la covid-19. Estuvo en tres aviones y cuatro aeropuertos. No se atrevió a darle un beso. Tampoco la abrazó. Su madre no podía hablar pero se vieron fijamente. “Estoy aquí mamá. Descansa. Nos vemos mañana”, le dijo. Ella asintió con la cabeza. 

   
Neyla y su hermano Javier siendo niños

El diagnóstico era terminal y Neyla no sabía. Cáncer avanzado, grado 4. Había comenzado en la tiroides e hizo metástasis en los pulmones. Javier no había podido contarle a nadie.

Su madre tenía un traqueostomo, una incisión en la tráquea que facilitaba el paso de oxígeno, pero se le acumulaba la flema y la asfixiaba. Neyla y Javier la llevaban a la clínica varias veces al día para drenarla. Solo el personal de cuidados intensivos estaba calificado para hacerlo, dijo el doctor. Pero llevarla representaba un riesgo de infección de covid-19. Entonces contrataron a una enfermera que fuera a la casa. Cuando la escasez de combustible se agravó en todo el país, una doctora le explicó a Neyla cómo hacerlo. Debía meter un tubo largo y delgado por la boca y, en un ángulo específico, deslizarlo por la tráquea hasta llegar cerca de los pulmones. Si se tardaba, su madre se asfixiaría porque el tubo tranca la vía respiratoria. Si lo hacía muy rápido, podía raspar la tráquea y provocar sangrado. Si hundía el tubo demasiado profundo, podía hacerle daño en los pulmones. Era cuestión de segundos, centímetros.

“Lo voy a hacer despacio. Si quieres que pare, yo paro”, dijo a su madre. Y aunque parecía que Neyla estaba convenciendo a su mamá, en realidad se estaba convenciendo a sí misma. Cuando su mamá se sacudía, Neyla pensaba que la estaba matando. Las dos se ponían nerviosas. No sabía si lo hacía bien, pero le tocaba repetir el proceso al menos tres veces al día.

La doctora recomendó comenzar quimioterapia. Dijo que su mamá tenía fuerzas para aguantar. Neyla no estaba de acuerdo, pero Javier sí. En Holanda se practica la eutanasia, una acción u omisión que acelera la muerte de una persona con una enfermedad incurable para evitar que sufra. Neyla estaba abierta a aceptar que el destino de su madre era irreversible. Pero su hermano creía que había que hacer todo lo posible para mantenerla viva. Quería posponer el diagnóstico terminal. Neyla aceptó. Después de tanto tiempo afuera, le debía apoyo.  

En el Seguro Social no tenían los medicamentos para la quimioterapia. Javier y Neyla preguntaron en clínicas y consiguieron a un señor que los traía de Colombia. La primera sesión de quimio costaba 250 dólares, pero temían que subiera el precio por la escasez de gasolina, entonces compraron dos.

El dinero que llevó Neyla en efectivo se acabó la primera semana. Le quedaban ahorros en euros que cambiaba a bolívares con un español que le recomendaron. En Venezuela el euro y el dólar valían lo mismo. Por la dolarización de facto, sin instituciones financieras involucradas, la gente asignaba valor a las monedas. A Neyla no le importó. Cuando necesitaban efectivo vendían café. Un cliente de Javier le había pagado un repuesto con café, hacían trueque.

Su madre comenzó la quimioterapia el lunes 23 de marzo, sin saber que tenía cáncer. Javier y Neyla no le pudieron decir. Querían protegerla. Para mitigar los riesgos de infectarse con covid-19, la familia dividió tareas. Neyla se encargaba del cuidado cercano; no podía tener contacto con otras personas. Javier buscaba comida, medicinas y materiales médicos en bicicleta por la escasez de gasolina. Una tía preparaba la comida de todos y una prima hacía guardia cuando Neyla dormía.


Nilda y su hermana Benicia, quien le brindó todo su apoyo
     

Pero Neyla no durmió la primera semana. Necesitaba corroborar que su madre respiraba. También le ponía paños con agua fría en el cuerpo. Después de la quimioterapia perdió la capacidad de regular su temperatura. Sudaba hasta empaparse.

Mientras su madre recuperaba fuerzas, tuvieron la primera conversación presencial en seis años. Aunque hablaron poco, su madre le contó que hizo un componente docente para dar clases. Quería enseñar leyes en su comunidad. Neyla temía que su madre ejerciera. “No quiero que usen tu sello para falsificar documentos, hay mucha corrupción”, le dijo. Ahora tenía 64 años, estaba muy mayor para dar clases. Neyla pensó que su mamá era ingenua: mantenía muchos sueños que no iba a cumplir. La realidad venezolana era insuperable.

Neyla buscaba que su madre se abriera a la posibilidad de otra vida, afuera. Pero ella no quería. Cuando le habló de Holanda no se emocionó. Aunque el país le había quitado mucho, aún encontraba formas de dar y eso la llenaba. Su madre no quería irse. Quería volver.

Ocho días después de la quimioterapia sufrió un evento cardiovascular. Un coágulo bloqueó la irrigación de sangre a su cerebro, explicó la doctora. Al día siguiente, estuvo tranquila. En la tarde llegó la enfermera y recomendó que la movieran. Las piernas y las manos estaban hinchadas. La piel tenía un color amarillento. Javier, Neyla y su prima, la movieron de la silla a la cama para cambiarle el pañal. Le levantaron las piernas mientras Neyla la limpiaba, pero antes de terminar, el peso del cuerpo cambió. Javier escuchó un suspiro, y después, silencio. “¡Mami!, ¡Mami!” gritó, mientras le sacudía los hombros. Neyla entendió que estaba viendo a su madre morir.

Javier la cargó y la montó en el carro. Neyla sostenía el cuerpo de su madre en el asiento de atrás y Javier manejaba a la clínica. Neyla sabía que estaba muerta pero Javier no lo creía. Ambos tenían los tapabocas puestos. No tenían cómo compartir las emociones; ocurrían detrás de estos. Javier volteó a ver a Neyla y la miró fijamente. No se soltaron. La máscara de Javier se empapó poco a poco.

Su madre falleció el 2 de abril, el día del cumpleaños de su papá. Y su papá falleció el 13 de julio de 2015, el cumpleaños de Javier. La familia de Neyla llegó al mundo para irse junta.

Solo permitieron diez personas en el velorio. Frente al ataúd, Neyla pensó que quizás la funeraria no tenía suficiente gasolina para llevarla al cementerio. Le preguntó al chofer. “Tenemos poca pero trabajamos hasta el mediodía por la cuarentena”, le dijo. Neyla se sintió privilegiada pues el cuerpo de su madre solo pasó un día en la morgue. El entierro duró 15 minutos. La despedida, como todo en la relación con su madre, fue breve.

La segunda despedida

Para Neyla, Venezuela eran sus padres. Ya no era el país que albergaba sus querencias, sino el recuerdo de un recuerdo. Quedaba Javier, pero tenía la edad y la energía para volver a empezar, para irse del país o para quedarse. Neyla comenzó a buscar rutas hacia Holanda.  

Todos los viernes prendía la televisión esperando noticias sobre los aeropuertos. Air France había pospuesto el vuelo cuatro veces, la última, hasta septiembre. Se anotó en la lista del Consulado General de España de pasajeros afectados. Habían salido 3 vuelos chárter de repatriación en 4 meses. Pueden ser dos meses, seis o un año, hasta que abran las fronteras, pensó. Le quedaban pocos ahorros.

Dos días después de la muerte de su madre, Javier perdió todo su dinero. Un señor interesado en comprar un motor que Javier vendía en MercadoLibre por 400 dólares, le envió un cheque por 9.000 dólares. Luego le pidió que le devolviera 8.600 dólares, restando los 400 de la compra, porque “había mandado el cheque equivocado”. Javier no tenía cuenta en divisas. Usaba la del padre de su mejor amigo. Javier transfirió agradecido. Su amigo lo llamó alterado: el cheque por 9.000 dólares no tenía fondos, pero antes de que el banco pudiera comprobarlo, lo retiraron. Era una estafa común. “Dios no me quiere”, le dijo Javier a Neyla, “no me puede mandar tanto en tan poco tiempo. Él sabe que yo no puedo con todo”. El padre de su amigo le pidió llevar la cuenta a un balance positivo. Debía 4.000 dólares al banco. Neyla transfirió un pedazo de sus ahorros. “¿Pueden ser más?” preguntó Javier. “¿Y después qué comemos?”.

Neyla, Javier y su tía vivían con 25 o 30 dólares a la semana. Un dólar y cuarenta centavos por persona por día. Calcularon lo mínimo posible para estirar los ahorros de Neyla; eran lo único que quedaba. Compraban dos pollos a la semana, lo que sobraba se gastaba en verduras y se complementaban con la caja CLAP.

Neyla había perdido el poder sobre su vida. Su novio la esperaba en Holanda y no tenía cómo llegar. Los ahorros no le alcanzaban para comer indefinidamente. No tenía trabajo. Se despertaba en la madrugada queriendo revisar si su madre respiraba.

Neyla y Javier fueron al cementerio el día de la madre. Javier recorrió las periferias buscando la tumba pero no recordaba el lugar. Neyla buscó en medio del terreno. Siguieron los números de los terrenos hasta encontrar a un tío que estaba enterrado en la misma parcela que su madre, pero el bloque que colocaron los sepultureros no estaba. Era de cemento, con un número grabado. Desde una esquina del cementerio, Javier gritó. El cubo estaba tirado entre desconocidos. Neyla sacó pinceles y pinturas que había comprado cuando era adolescente, pero que pocas veces usó y pintó el bloque. Siempre había querido pintar algo importante. En cursivas, trazó el nombre de su madre. Del bloque hizo una lápida.

   

Imágenes familiares de Neyla y su hermano Javier al graduarse ambos de ingenieros

Pasaron dos meses. Los casos de covid-19 aumentaban y no había noticias de los vuelos. El lunes 22 de junio, Neyla recibió un email del Consulado General de España. Habilitaron un chárter comercial Caracas-Madrid, con salida tentativa el 4 de julio. Costaba 850 dólares. Neyla no tenía suficiente dinero para pagar el pasaje. De inmediato contestó el email con sus datos y contactó amigos en Canadá, Irlanda y Holanda, para reunir el dinero.

Habló con una pasajera del vuelo que vivía en Bolívar para coordinar transporte hacia Maiquetía. Le dijo que necesitaría una prueba de covid-19 para abordar el vuelo, pero eran difíciles de encontrar. Neyla llamó a la agencia de viajes. La prueba no era necesaria, pero Neyla y Javier prefirieron prevenir. Amanecieron en el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de Los Olivos, pero no abrió. Fueron al Hospital Uyapar, de los más importante de Puerto Ordaz, y no tenían. Allí escucharon que el CDI de Castillito sí. Llegaron y había cola. A las ocho llegó una miliciana, parte de un componente civil de las Fuerzas Armadas y dijo que no había pruebas de diagnóstico de covid-19. Pero a las nueve llegó la doctora y cambió la información: solo había ocho. “No alcanzan para todos. Sólo para los que tienen síntomas graves, así que organícense ustedes”, dijo la miliciana.

En la cola discutieron. Entre empujones, un hombre se acercó a la miliciana. Su madre no podía respirar. La llevó a la emergencia de varios hospitales, pero no la aceptaron. Le exigían una prueba de covid-19 positiva para admitirla. La miliciana dudó. El hombre buscó a su madre, que estaba dentro del carro y la sentó en una de las pocas sillas que había, a escasos metros de la cola. La anciana arqueaba la espalda y se encogía con cada bocanada. Respirar le tomaba todas sus fuerzas. La miliciana la pasó al consultorio.

Neyla fue la sexta. “Yo tengo pacientes graves y ¿tú necesitas una prueba para montarte en un avión? ”, le reclamó la doctora. Neyla pensó en reprocharle, pero dudó: ¿mi caso es realmente importante? ¿Merezco una de las pruebas?. Reunió fuerzas. “Si no me la das, no me van a dejar montar”. La doctora le dio un recuadro de papel mal cortado; era la orden del examen.

En el laboratorio, un joven le hundió la jeringa en el brazo sin mediar. “Estoy cansado, quiero que todas estas pruebas se acaben ya”, le dijo a una enfermera. Al lado del joven había dos cajas abiertas con pruebas rápidas de covid-19. Aunque la Organización Mundial de la Salud no recomienda el uso de pruebas rápidas para diagnosticar el virus, en Venezuela representaban el 94% de las pruebas hechas hasta julio. Mientras Neyla esperaba el resultado, vio al joven y sintió que lo conocía. Pero no a él, a su cansancio.

Aguardó la llamada de los militares de la Zona de Defensa Integral (ZODI) del estado Bolívar. El consulado general le dijo que la llamarían para entregarle un salvoconducto. Tenía que trasladarse 680 kilómetros hasta el aeropuerto, pero solo los efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana podían autorizar su tránsito. Desde el 13 de marzo, un decreto de Estado de Alarma restringía la circulación. El vuelo salía en tres días y no había contacto.

Neyla se acercó a la oficina del ZODI en el aeropuerto de Puerto Ordaz. “No sabemos nada. Tienes que traer la carpeta, igual que todo el mundo”, le dijo el militar de mayor rango por la ventanilla. “Mete todo lo que puedas porque el comandante tiene que aprobar tu solicitud”, le dijo el segundo militar presente, de apellido Martínez. Era mediodía, los centros de copiado o impresión estaban cerrados por la cuarentena. Pero el trámite se tardaba dos días. Si no lograba entregar los papeles esa tarde, no llegaría al vuelo. Neyla y Javier atravesaron la ciudad hasta casa de un medio hermano que tenía impresora. Neyla armó una carpeta con la prueba de covid-19, una carta explicando el viaje, el email del consulado español, el pasaje de avión, copias de su pasaporte español y la entregó en la ZODI.

El jueves en la mañana metió libros y fotografías de su familia en la maleta. Era lo único que le quedaba en Puerto Ordaz. A las 10 de la mañana fue al ZODI. Martínez, que la recordó del día anterior, buscó el salvoconducto en una pila de documentos. No lo encontró. Buscó en otra. “Estás de primera en los trámites rechazados”, le dijo. En la parte de atrás del documento había una nota: “Hablar con el comandante”.

Cerca del mediodía, el militar de mayor rango la llevó a la oficina del comandante. Quedaba frente a la pista de aterrizaje. “Está en una reunión, espera aquí”, le dijo. Al poco tiempo aterrizó un jet militar. Un grupo de paramédicos de las Fuerzas Armadas se bajaron y entraron al terminal. Era una ambulancia aérea, le contaron. Media hora después, cargaron a un paciente en una camilla y despegaron. Recordó ver un helicóptero llevarse a un vecino al hospital desde la ventana de su casa en Holanda. En Venezuela nunca la buscarían. 

Neyla se cansó de esperar y abrió la puerta de la oficina. El militar que la trajo estaba adentro, sentado. “Por cierto, el comandante me dijo que hablara contigo”. Había aprobado la solicitud pero ahora él debía redactar el salvoconducto para que el comandante lo firmara, le explicó. “Regresa a las tres”. 

A las tres, el salvoconducto no estaba listo. El militar quería acumular varios documentos para caminar una sola vez a la oficina del comandante y pedir su firma. Neyla tenía que salir ese día a Caracas, pero manejar de noche era peligroso. No quería salir tarde. Para acelerar el trámite, se sentó cerca de ambos militares. “¿Qué los motiva para venir a trabajar?”, preguntó, y de inmediato temió ser imprudente. “Nada, pero nosotros no somos como ustedes los civiles que se cansan y se van. Nosotros tenemos que cumplir”, respondió Martinez.

Sobre las tres y media, un señor mayor entró a la oficina. Tenía una operación médica en París. No había vuelos comerciales, Neyla entendió que se iba en el mismo avión. El militar también. Llevó ambos salvoconductos a la oficina del comandante y minutos después los entregó firmados.

Neyla y Javier arrancaron a Barcelona a las cuatro de la tarde, pero se hizo de noche y decidieron dormir en Anaco, Anzoátegui, una ciudad de 140.000 habitantes. Necesitaban llenar el tanque de gasolina para llegar a Caracas entonces localizaron las bombas. Sólo había una gasolinera abierta. En la cola, varios hombres jugaban dominó y tomaban cerveza sobre una mesa de plástico. Tenían cinco días esperando.

 

Javier dejó su carro en casa de una conocida y consiguió un taxista que debía ir a Caracas a buscar a su pareja que estaba varada pero no tenía salvoconducto. Neyla y Javier si tenían. Acordaron 160 dólares de tarifa y arrancaron. En la primera alcabala, dentro de Anzoátegui, un militar les hizo señas. Se pararon. Les pidió el salvoconducto y Neyla explicó que iban a Caracas para abordar un vuelo humanitario. De inmediato se preguntó si revelar esa información hacía pensar a los militares que tenía dinero. “Bueno patrón, ¿cómo vamos a salvarlo?”, le preguntó el militar a Javier, refiriéndose al taxista. El conductor le entregó diez dólares del pago de Neyla y avanzó. Pasaron ocho alcabalas, los pararon en cinco y le pidieron dinero en tres. 

Llegaron a Caracas a las cuatro de la tarde, al apartamento de un familiar. Dejaron las maletas y salieron a buscar jeans para Javier. Al regresar, no había electricidad en la zona. Debían subir 17 pisos de escaleras. Cuando iban por el octavo, regresó la luz. En la zona también había racionamiento de agua corriente. Javier y Neyla tenían dos opciones para bañarse: con agua del tanque usando un balde, o en ducha, pero solo ponían el agua una vez al día a las ocho de la noche, y a veces llegaba por diez minutos solamente. Prefirieron una ducha rápida.

Acostados en un colchón en el piso, Neyla y Javier hablaron hasta tarde. “Te quedan menos de 24 horas”, le dijo Javier. Ambos recordaron su infancia. La última vez que se vieron eran niños. Neyla pensó que Javier tenía una vida allí, no podía protegerlo a distancia. Sus padres tampoco, ya no estaban. Solo se tenían el uno al otro. 

El sábado 4 de julio, un militar amigo de su familia los llevó al aeropuerto. Necesitaba dinero y buscaba cualquier trabajo. En el carro Neyla le pidió a su hermano que no le hiciera regresar a Venezuela. Se despidieron en la puerta del Aeropuerto Internacional de Maiquetía a la una de la tarde.

Después de casi cuatro horas de cola, Neyla llegó al primer counter del Consulado General español. Entregó sus pasaportes y el señor los contrastó con la lista de pasajeros. Buscó en otra lista. “¿Tú notificaste a la embajada que tenías el pasaporte venezolano vencido?, no estás en la lista de autorizados”. No. Solicitó la prórroga en línea pero en cuarentena todas las oficinas públicas estaban cerradas y pensó que no importaría por ser un vuelo de repatriación. “Va a depender de las autoridades venezolanas si te dejan abordar”.

Tres militares armados con fusiles servían de puesto de control entre el counter del consulado y el de la aerolínea. “Pasaporte, por favor”, ordenó el más alto. Neyla lo entregó y bajó la cabeza. No quería llamar la atención. “¿Cuánto tiempo tienes afuera?”, le preguntó. “Seis años”. Neyla se concentró en las botas negras del militar. Estaban desgastadas. “Adelante”, le dijo.

El vuelo estaba planificado para las cinco, pero había retraso. Si perdía el vuelo de conexión Madrid-Rotterdam no tenía cómo comprar uno nuevo.

Pasaje en mano, hizo la cola de imigración. Se imaginó todas las formas de explicar su situación. También pensó todas las formas en que podían prohibirle la salida. Trató de tener respuestas convincentes para cada una. Estaba tan nerviosa que no se dio cuenta cuando le sellaron el pasaporte.

Neyla esperó dos horas en el terminal. No había noticia del vuelo. La agencia de viajes que les vendió el pasaje no tenía información. La aerolínea tampoco. Cuatro uniformados de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) se pararon en la puerta. Se sumaron nueve efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana. Los trece esperaron. A las ocho de la noche una pasajera que había conversado con Neyla en la cola de la aerolínea se acercó y le enseñó un tuit. Decía que Maduro no autorizaba el vuelo; lo habían cancelado. Pero no había movimiento en la puerta. 

Minutos después, a las 8:45 de la noche, la tripulación esquivó a los uniformados del DGCIM y de la GNB y abordó el vuelo. A las nueve llamaron a los pasajeros para embarcar. Neyla prefirió no emocionarse. En el vuelo de repatriación anterior, los pasajeros abordaron, las autoridades los bajaron del avión y retrasaron el vuelo sin explicaciones.

Dentro del avión, pasó una hora. A las diez y cuarenta de la noche el piloto habló por el intercomunicador: “Bienvenidos. Disculpen la demora pero las autoridades venezolanas no autorizaban el despegue; ya todo está en orden y podemos salir”.

El vuelo salió con casi seis horas de retraso. Por la ventana, Neyla vio al Caribe fundirse con la costa en la oscuridad. Las luces de los ranchos se mezclaron con las estrellas. Ya no tenía madre de quien despedirse.

 
 

Editorial Roderick