No tengo seguro médico ni visa para vivir en Estados Unidos. Nunca me preguntaron nada acerca de eso. Me protegieron. Soy viuda, diabética, hipertensa, obesa. He sobrevivido a la leucemia, a las neumonías y al COVID-19.

 l miércoles 17 de mayo de 2017 allanaron mi edificio. La residencia Teresa, en Mañongo, Valencia. Los vecinos estábamos protegiendo a los manifestantes durante las protestas. Los escondíamos. Les dábamos comida. A los heridos los llevábamos a la clínica. La Policía Nacional Bolivariana lo sabía. Era una zona caliente. Derribaron puertas. A mi apartamento, por suerte, no entraron. Yo estaba en el aeropuerto. Ese día llegué a Miami. Iliana, mi única hija, tendría a Matías, su tercer hijo y primer varón. Vine a ayudarla. Eso fue hace tres años.

  Esta es una historia contada por Roberto Mata en el marco del proyecto de Prodavinci y el Pulitzer Center: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela
 

Padecía de leucemia y al poco tiempo tuve una recaída. Comencé a tratarme con un médico venezolano en el Jackson Memorial Hospital. Allí me ofrecieron un tratamiento de Johnson & Johnson: quimio oral. Una pastilla diaria que me envían a casa a principio de mes. Me ha ido buenísimo. No hay efectos colaterales. No se me cayó el pelo, como antes.

Pero estoy amarrada a Miami Dade. Si me mudo de este condado pierdo el tratamiento. Eso me afectó mucho. Yo venía, nacía Matias, lo cuidaba, me devolvía. No vine para quedarme. Me deprimí. Me dieron cuatro neumonías. Las viví en el Jackson. Iliana me decía: “Mamá, vamos a meterte en el asilo y así te quedas acá tranquila”. “¿Para qué, Iliana?, si yo me voy a morir rápido”, era mi respuesta.

Cuando acepté que era un hecho que iba a vivir en Miami, no tuve más neumonía. Eso tomó un año.

El viernes 13 de marzo, Iliana (37) perdió su trabajo como asistente dental y se enfermó. Una gripe muy fuerte. No tuvo fiebre ni dolor de garganta ni tos. Sí mucho cansancio y dolor muscular. El miércoles 18 de marzo me enfermé. Perdí el apetito. Aún sin fiebre, cada día estaba más débil. Ambas enfermas y tres niños que cuidar. Carlota (8), Cassandra (7) y Matías (2), dos perros y Daniel, el yerno, que nunca paró de trabajar durante la cuarentena en el sur de la Florida.


Sin fuerzas para levantarse de la cama, Iraida le contó a su hija Iliana que sus pulmones estaban muy comprometidos, diez días después de haber sido hospitalizada, el domingo 12 de abril

     

El jueves 2 de abril me desmayé en el baño. Ese fue el verdadero primer síntoma. Iliana, que mide 1,76 m y estaba conmigo, se lanzó al piso para recibirme. Eso me cuenta ella. Yo no recuerdo. Iliana me contagió de COVID-19. No sabemos dónde se contagió ella. Me acostaron en mi cama.

—Iliana, no te asustes, este es el ciclo normal de la vida. ¿Qué día es hoy?

—Hoy es 2 de abril.

—Tu bisabuela murió un 2 de abril. No llames a una ambulancia. No me quiero morir sola en un hospital. No te vayas a impresionar. Háblale a las niñas, explícales lo que pasó, no las regañes, encárgate de la casa, no pelees tanto, no pierdas el tiempo, deja el celular.

Llamaron la ambulancia. Me llevaron sola, justo lo que no quería.

—Carmen, te vamos a intubar.

—No, no. Eso me da miedo.

Yo me llamo Carmen Iraida, todo el mundo me conoce por Iraida, pero en el hospital, soy Carmen.

Cuarenta minutos después de salir de la casa estaba intubada.

Tuve las peores pesadillas de mi vida. No quiero mencionar al infierno pero es lo peor que he vivido. Le gritaba a mi papá para que me viniera a buscar. Le preguntaba a Dios qué le había hecho para que me hiciera eso. Necesitaba salir de mi cuerpo. Patinaba dentro de él, era algo viscoso, oscuro. Imagina querer salir del cuerpo y no poder.

Pasaron cuatro días.

Iliana estuvo dentro de su carro frente al hospital esperando alguna información de 8 de la mañana a 8 de la noche, los cuatro días. Un par de amigos la acompañaron por ratos, estacionados al lado, hablando por el celular de carro a carro. Allí no hacía nada, pero en la casa tampoco.

—Carmen, Carmen, te vamos a llevar a una habitación. ¿Me entiendes?
Asentí.

—Tápate toda con la sábana. Hasta la cabeza.

—¿Por qué? ¿Acaso estoy muerta? ¿Me vas a llevar a la morgue?

—No, vamos a la habitación, pero vamos a pasar por sitios donde no puedes contaminar a nadie.

Todo fue en perfecto español.

Me llevaron al piso 4.

    Cinco días después de la muerte de Raquel, Iraida habló con sus familiares cerca de las cuatro de la mañana, por una videollamada desde su cama de hospital

Mi nivel de inglés es cero. Ninguna de las enfermeras hablaba español. Me pusieron en la cama y lo que tenía era cabeza, porque el cuerpo no lo podía mover. Así de débil estaba. La habitación era doble. Tuve tres compañeras de cuarto en este orden: la primera gritaba permanentemente, en constante agonía. La segunda peleaba con las enfermeras y reclamaba por todo.

Cuando llegó la tercera, corrí la cortina que nos separaba y le pregunté: “¿De dónde eres tú?”. “Soy venezolana”, me dijo. “De Guanare. Donde tenemos la virgen más grande y hermosa que haya existido”.

Raquel y yo nos pusimos a llorar.

Hablamos de su hija, de su esposo. Rezamos juntas.

El domingo 19 de abril me dijo que tenía dolor abdominal. Debían hacerle una resonancia magnética, pasaba el tiempo y nada. Llamé a la enfermera. Vino. Raquel comenzó a gritar del dolor. Vinieron tres doctores y el resto de las enfermeras. Cerraron la cortina. Hubo mucho agite, en español. Luego un gran silencio. Mi compañera de cuarto había muerto.

No supe su apellido. Quiero conseguir a la hija para decirle cómo fueron los últimos momentos de su madre, y al esposo para contarle cómo murió su esposa. No estaba sola, yo estaba con ella.

Después de la muerte de Raquel, no tuve más compañera de cuarto. No sabía si era porque estaba mejorando o empeorando.

A los días me pasaron al piso 3. Enfermeras cubanas. Con ellas perdí la vergüenza, te bañan, te limpian, te hacen todo con un gran corazón.

Tenía un rosario, mi teléfono, un televisor y su control. Nunca apagué el televisor, no lo veía pero me acompañaba. No dormía. Me daba terror dormir y morir.

Un día, no sé cuál fue, me visitó en la habitación el neumonólogo.

—Tus pulmoncitos no quieren reaccionar. Esto es cuestión de días.

—Ay, doctor, por favor no me diga eso.


Iraida comenzó a dar clases en el colegio María Montessori de Valencia a finales de los años setenta
     

—Si prefieres no te lo digo, pero eres una adulta y necesitas saber dónde estás en este momento. No hay nada que hacer, solo esperar.

Busqué a mi primo.

—Estoy por morirme, Harold, no dejes sola a Iliana. No es cuestión de dinero, pero tiene tres hijos. Va a necesitar compañía y asesoría. Resuelve tú todo lo que tenga que ver con mi funeral. Que ella no tenga que encargarse de nada. Se lo dije en un mensaje de voz.

—Lo que tú digas, Iraida, cuenta con eso.

—Ok, Harold. Tienes trabajo para mañana o pasado mañana.

Pensé: no voy a ver a mi hija, no voy a ver a mis nietos. Se acabó. No me dolía nada en particular: me dolía todo. No poder respirar es lo peor que te puede pasar. Necesito morirme para salir de esto.

En el año 2007 me diagnosticaron leucemia. Me enterré en mi cama y le dije a Iliana que no quería ver a nadie, solo hablo con mis hermanos. Me deprimí. Un grupo de alumnos del colegio María Montessori de Valencia, donde di clases de Castellano y Latín por 38 años, de tercero, cuarto y quinto año, se presentaron a la puerta del apartamento.

—Mamá, hay un grupo de estudiantes que te quiere ver.

—Yo no veo a nadie.

—Que mi mamá dice que no los va a recibir, que no quiere visita.

—Dile a tu mamá que no nos vamos.

—Mamá, arréglate y péinate. Van a entrar. No se van a ir.

   
Carlota, nieta de Iraida, la recibió al salir del hospital con una pancarta que hizo junto con sus hermanos

Alrededor de 40 jóvenes entraron al apartamento, al cuarto. Sentados en la cama, en la peinadora, en la ventana. Me sacaron de la depresión. Mis muchachos.

La tercera sesión de quimioterapia me tumbó el pelo. René, estilista de confianza de Iliana en la peluquería Kontraste, en Patio Trigal, me afeitó con la máquina lo que quedaba y me puso una peluca. La usé un solo día. Es muy incómoda, por las costuras. Con temor a la burla, fui a dar clases al colegio, sin pelo. ¡Profe, usted sí está bella! Fue lo que comencé a escuchar. A los días, dos estudiantes de quinto año se raparon la cabeza. Mis muchachos de nuevo.

Pasaron los días y el mismo doctor me dijo: “Tus pulmones están reaccionando, eso es bueno”.

En el ínterin, Iliana abrió un Gofundme previendo los gastos que se estaban generando. Recibí tantos mensajes, tantas llamadas. No me dejaron sola. Iliana les dio mi número. Los de la promoción de 1983 abrieron un grupo de WhatsApp para acompañarme. Me mandaban fotos y canciones. No me podía emocionar, no estaba respirando sola. Mis muchachos.

El lunes 4 de mayo, a las 4:47 de la tarde, me sacaron del hospital en silla de ruedas. Vi el sol por primera vez desde el 2 de abril. Me entregaron una cartera con una toalla negra, unos lentes de lectura, un pantalón y una camisa. Nada de eso era mío. Lo recibí solo para terminar de salir. Habían pasado 32 días.

Esto me dejó disminuida. Antes llevaba esta casa, limpiaba, lavaba el patio, hacía el almuerzo, recibía a las niñas del colegio, las ayudaba con las tareas. Ahora me canso solo de hablar o si me emociono.

No tengo seguro médico ni visa para vivir en Estados Unidos. Nunca me preguntaron nada acerca de eso. Me protegieron. Soy viuda, diabética, hipertensa, obesa. He sobrevivido a la leucemia, a las neumonías y al COVID-19.

Creo que me voy a morir de vieja. O de risa.

LIliana y sus hijos despertaron a Iraida para celebrar el día de la madre, una semana después de que dejó el hospital y volvió a casa

 
 

Editorial Roderick