El analista en materia laboral Héctor Lucena destaca que los consejos productivos de trabajadores (CPT) y el control obrero fueron, desde un primer momento, los lobos del gobierno para amenazar a las empresas... pero también a los sindicatos.

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Hace quince años calladamente empezaron a circular dos propuestas de creación de los consejos productivos de trabajadores (CPT), una impresa con papelería de la fracción parlamentaria del Partido Comunista de Venezuela (PCV), parte de la alianza gubernamental; y la otra -casi anónima- no indicaba autoría por ningún lado, pero durante su circulación algunas fuentes se lo atribuyeron al propio Ministerio del Trabajo que no llegó a desmentirlo.

En los medios laborales del país resultó un poco extraño el planteamiento porque no se conoce de tradición consejista en las relaciones laborales nacionales. La revolución bolivariana, para entonces, se había hecho conocida porque ya se autodefinía como una revolución socialista. Caracas empezó a competir, en consecuencia, con La Habana en centro de encuentros y reuniones internacionales, para construir proposiciones y luego circularlas para ganar adherentes, en una estrategia de afuera hacia adentro y de arriba hacia abajo: así se veía la propuesta de los CPT.

Se enganchaba la anterior con otra proposición, la de control obrero. De ella se menciona atropelladamente en los convulsos años de 2001-2003; años de varios paros nacionales que comprometieron abierta y militantemente a parte del liderazgo gremial del empresariado y, por supuesto, de dificultades económicas que muchas empresas no pudieron superar.

Con lo primero, el presidente Hugo Chávez amenazaba con “empresa parada, empresa tomada”, popular consigna de otros lares, por el cono sur. El prolongado paro petrolero y de otras ramas más dejó en estado grave a muchas empresas que no pudieron recuperarse. Siguiendo la consigna, fueron ocupadas por los trabajadores, y de ahí vinieron las primeras referencias a la situación que se llamó el control obrero.

Algunas fueron estatizadas, otras no, pero de manera episódica hubo las tomas obreras, que vendían la producción que encontraban en almacenes, y cuando tocó producir empezaron las limitaciones y casi todas esas tomas no llegaron muy lejos.

Ni el movimiento de los trabajadores ni el gobierno estuvieron preparados para las exigencias planteadas, ni tampoco hubo esfuerzos por crear un verdadero sector de economía social o de empresas recuperadas, donde cabían estos experimentos. Pasados varios años, solo se conocía de su constitución en las empresas estatales, más aquellas tomadas durante el presente régimen, total no eran entonces pocos casos, aunque sin resultados favorables que mostrar.

El esfuerzo del gobierno por imponerlos lo llevó a incluir los CPT en el decreto-Lottt de 2012. La insistencia lleva a la cuestionada Asamblea Nacional Constituyente a convertirse en ente legislador de este específico tema, Ley Constitucional de los Consejos Productivos de Trabajadoras y Trabajadores (ANC GO 439.886, Febrero 6, 2018) y ahora empieza a promover su creación en las empresas privadas.

Los CPT y el control obrero fueron, desde un primer momento, los lobos del gobierno para amenazar a las empresas, pero también a los sindicatos. A los primeros, para el control de la producción y el escrutinio operativo y administrativo y, para los segundos, porque se colocaba en situaciones que les resultaban ambiguas, ya que también podía impedir el accionar de los sindicatos en sus diversas estrategias para demandar reivindicaciones.

La creación de los CPT recibió un impulso desde el propio despacho del Trabajo, que avisaba informalmente que iría a la empresa a hacer la asamblea de creación del CPT. Conocimos de avisos de apenas un día antes o de fijar la fecha sin consulta con nadie, y llegaban los funcionarios del Ministerio del Trabajo, acompañados de militares, milicianos, sindicalistas oficialistas y, rápidamente, hacían la asamblea.

Un dirigente sindical de una empresa de detergentes lo expresaba: “CPT es un sindicalismo paralelo en manos del gobierno, para de alguna manera tener control de la producción, porque él sabe (gobierno) que por lo menos en el sector privado no tiene control de los sindicatos, no lo tiene, y para de alguna manera estar dentro y aplicar sus políticas nos creó esa figura”. Pero también se observa que hay casos que reconocen que “intentaron crear los CPT... hicieron asambleas pero al final se dieron cuenta que el control y liderazgo estaba en nuestras manos y asumimos ser el CPT de la empresa y así de alguna manera hemos tenido, la tranquilidad de no estar infiltrados en esa parte”.

La ambigüedad en torno a los CPT: en un momento se mostraban claramente como sustitutos de los sindicatos y de la lucha reivindicativa de los trabajadores y, en otro, como expresiones de un oportunismo político. Con respecto a lo primero, un dirigente sindical de empresa transnacional: “con respecto al sindicato, veo que hay un objetivo que no se ha materializado, pero considero que es la meta, que es sustituirlos por los CPT, más medidas de control, la intención es que le informen al Estado con gran detalle de todo lo concerniente a la producción de las empresas, y se lo reportan a los militares”.

Nuestras investigaciones muestran que estos esfuerzos oficialistas por imponerlos han sido fallidos y, sin duda, ahuyentan al capital, fragmentan a los trabajadores y no mejoran la producción.

 
 

Editorial Roderick