El poeta chileno visitó tierras bolivarenses el 14 de marzo de 1959 para recitar sus poemas y tener un mágico encuentro con el que catalogó como un “río de razas, patria de raíces”. Correo de Ayer rememora un escrito de Rafael Pineda sobre la visita de uno de los líricos más grandes del siglo XX.

@joelnixb

Pablo Neruda fue un poeta, escritor, diplomático y político chileno, calificado por muchos -incluido Gabriel García Márquez-, como “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”. En 1971 fue Premio Nobel de Literatura, pero mucho antes de eso, en 1959, estuvo en tierras bolivarenses homenajeando al Orinoco en muchas de sus líneas.

Rafael Pineda, escritor, poeta, periodista y crítico de arte bolivarense, acompañó a Neruda en su venida a Ciudad Bolívar, capital del estado Bolívar, hace 61 años. Pineda fue columnista de Correo del Caroní y en el año 2000 publicó Pablo Neruda en Ciudad Bolívar conversando con el Orinoco.

En las cartas entre Pineda y la redacción del periódico, escritas a máquina y ya amarillas por los años, encontramos el borrador que el autor envió a Correo del Caroní con detalles valiosos que han quedado para la historia.

Neruda, en compañía de su esposa Matilde Urrutia, llegó a Ciudad Bolívar el 14 de marzo de 1959 para recitar sus poemas. Pineda narra que él junto con Gloria Lezama de Casado hicieron una colecta entre personas e instituciones para los gastos logísticos de la visita del poeta chileno.

El artículo se llamaba originalmente Pablo Neruda vino a Ciudad Bolívar a conversar de tú a tú con el Orinoco y comienza así: Pablo Neruda veía el supremo vigor de la naturaleza encarnado en el “Picasso de Altamira, Toro del Orinoco”, según la deslumbrante metáfora que emplea en el poema titulado Llegada a Puerto Picasso.

Pineda hizo referencia a un fragmento del poema: 

Picasso de Altamira, Toro del Orinoco,

torre de aguas por el amor endurecidas,

tierra de minerales manos que convirtieron

como el arado, en parto la inocencia del musgo


En el Canto General (1950), el poeta chileno trata de tú a tú con el Orinoco, “ríos de razas, patria de raíces” (Tomo I, página 326), pues “el Orinoco me habla y yo entiendo” (Tomo II, El Río, página 879)
.

Indicando dos fragmentos de poemas de Neruda referentes al río que guardaba en su corazón y sin conocerlo le escribía:

Orinoco de agua escarlata,

déjame hundir las manos que regresan

a tu maternidad, a tu transcurso,

río de razas, patria de raíces,

tu ancho rumor, tu lámina salvaje

viene de donde vengo, de las pobres

y altivas soledades, de un secreto

como una sangre, de una silenciosa

madre de arcilla.

Y de:

En las tierras salvajes

el Orinoco me habla

y entiendo, entiendo

historias que no puedo repetir.

Hay secretos míos

que el río se ha llevado,

y lo que me pidió lo voy cumpliendo

poco a poco en la tierra 

Continuó el periodista: Pero aún no lo conocía de visu, por lo que expresaba, al acusarle recibo al poeta Carlos Augusto León que desde Caracas le envió de regalo un cinturón de cuero: “El Orinoco/ es como un apellido que me falta./ Yo me llamo Orinoco” (El Cinturón, ob. cit., pp. 850-851)


La gira no solo abarcó la capital del estado Bolívar; su esposa y él también visitaron Caracas, Valencia y Coro | Ilustraciones Valentina Eurea | @lamonavisa
   

De la colecta realizada, Pineda describió: Esta gestión produjo en media mañana bolívares 8.000, entonces una fortuna, que alcanzó para pagar el cachet del poeta, obsequiarle una rosa de oro y un agasajo en el Club La Piscina, y hasta para becar durante seis meses a un liceísta.

También los jardines dieron su aporte en forma de lluvia de flores que, desde la terraza del edificio del aeropuerto, varias muchachas derramaron sobre Neruda y Matilde al momento de desembarcar.

A día siguiente, en la noche, se organizó la presentación de Neruda en el auditorio del Liceo Peñalver. Contó Pineda: Monseñor Juan José Bernal, Obispo de Guayana, fue el primero en presentarse y ocupar un asiento en primera fila. Al entrar Neruda, intercambió con él el más cordial abrazo propio de los que ya estaban más que curados de espanto.

El poeta subió a escena y recitó con aquella, su pausada y telúrica voz; y el guitarrista Alirio Díaz, también de paso por la ciudad, cerró la función que hizo delirar literalmente al público, donde por lo demás no cabía ni una aguja.

Lo mismo había ocurrido en Caracas, no una sino tres veces, a mediados de febrero, cuando Neruda subió al escenario del Teatro Municipal y fue presentado respectivamente por Miguel Otero Silva, José Ramón Medina y yo. El 20 se repitió el éxito en el Teatro Alcázar de Coro, y el 23, en el Teatro Municipal de Valencia, lugares donde yo también acompañé a Neruda.

    Antes de 1959, Neruda no había podido visitar Venezuela porque tenía inclinaciones comunistas y estos eran perseguidos en tiempos de dictadura

Este gran evento paralizó a toda Ciudad Bolívar, muchos gremios patrocinaron el recital del poeta y también se difundió por prensa. Se unió el Ejecutivo del estado, la Legislatura, el Concejo Municipal, el comando de guarnición, partidos políticos como AD, Copei y URD, el Colegio de Médicos, de Farmacéuticos, de Abogados, de Ingenieros, la Cámara de Comercio, la Unidad Sanitaria, la Federación de Trabajadores, el Instituto Dalla Costa y la Logia Asilo de Paz Nº 13.

Para ese entonces el toro fluvial del Orinoco se encontraba en el punto de máxima bajante, transparente y sereno, en el otro extremo de sus furias picassinas. Neruda estuvo largo rato contemplándolo, como una deidad frente a otra deidad. Nos pidió a quienes lo acompañábamos que lo aguardáramos en el malecón, mientras él descendía por la arena y se abandonaba al éxtasis primordial.

Y como si también participaran de tan magna ceremonia un vuelo rasante de cotúas, a continuación un gavilán trazó un raudo círculo, mientras los tortolitos gorjeaban en los matorrales a la orilla.

Pineda viendo ese primer encuentro del poeta y el Orinoco recordó el poema que Neruda le escribió a Carlos Augusto León en El Cinturón:
 

Un día

verás aparecer en la corriente del río

que desatada corre y nos reúne,

un rostro, nuestro pueblo,

alto y feliz cantado con las aguas.

Y cuando ese rostro nos mire

pensaremos ‘hicimos nuestra parte’

y cantaremos con nuestros ríos,

con nuestros pueblos cantaremos.

¡Con nuestros pueblos cantaremos!

De Ciudad Bolívar se iría Neruda con otro título, el Hijo Ilustre de la misma que le otorgó el Concejo Municipal del Distrito Heres. Y mientras sobrevolábamos el Orinoco, de regreso a Caracas, él lo miraba como quien había dejado el alma entre sus aguas, entre argentíferas y ahora leonadas. Y para solemnizar aún más aquella despedida, Matilde, la soprano, se puso a canturrearle una de sus arias favoritas.

Así se recoge su despedida a Venezuela, donde, habiéndose producido el fin de las tinieblas, la tiranía de Marcos Pérez Jiménez, otra vez el país brillaba a toda luz.

Y con esa frase, Rafael Pineda concluye la historia del viaje de Neruda a Ciudad Bolívar, un suceso literario imborrable en la historia de la ciudad que bordea el imponente Orinoco.

 
 

Editorial Roderick