En un país sin garantías hospitalarias ni alimenticias, las fundaciones han aparecido para colaborar en comunidades y centros de salud. A pesar de la pandemia continúan su trabajo, no exento de momentos dolorosos y grandes esfuerzos.

 a emergencia humanitaria compleja que vive Venezuela desde 2015, consecuencia de las políticas improductivas del gobierno de Hugo Chávez y del régimen de Nicolás Maduro, ha generado una migración forzada de cerca de 5 millones de habitantes. Las nulas garantías de vida fueron el detonante para los venezolanos que empezaran a huir del país hasta caminando.

Pero, aparte de las migraciones, la emergencia aleja a los venezolanos de la posibilidad de comer bien. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura señaló en este mes que alrededor de 9,3 millones de personas padecían de inseguridad alimentaria y 2,3 millones de venezolanos fueron clasificados bajo el rango de “inseguridad alimentaria severa”.

Además de ello, los hospitales que deben estar abastecidos en medio de una pandemia están lejos de cumplir las condiciones adecuadas. De acuerdo con Red de Médicos en su Encuesta Nacional de Hospitales, en septiembre de 2019 en Bolívar había un 47% de desabastecimiento de medicamentos, sumado a las carencias de agua, camas, material médico descartable, unidad de cuidados intensivos y demás.

Ante las nulas garantías del Estado para los ciudadanos, fundaciones en Bolívar han tomado la iniciativa de ayudar a personas en estado de vulnerabilidad, ya sea desde los hospitales y comunidades más afectadas.

Hormiguitas Guayanesas

La Fundación Hormiguitas Guayanesas empezó en 2016 como una extensión de la organización Guayaneses por el Mundo, a cargo de David Parra. Ambas nacieron luego del asesinato del músico Larry Salinas, fundador de la Coral Integrada. Él, aparte de dirigir al grupo de niños con síndrome de Down, colaboraba de forma silenciosa con comunidades de escasos recursos.


Salazar motivó a las personas a que sigan donando ya que es fundamental para ayudar sobre todo a quienes tienen problemas de salud

     

“Granito a granito”. Así lo describe Mildred Salazar, encargada de la fundación, a la labor que se hace desde hace 4 años. En honor al nombre que tienen, lo que hacen es un trabajo en conjunto donde cada persona va haciendo su aporte para ayudar a quien lo necesite.

La fundación comenzó visitando comunidades pobres junto con la organización Rotary Guayana y el proyecto social Muraleja (encargada de dibujar mensajes motivacionales en las calles guayanesas), colaborando con agua, jugos y recolectando ropa, calzado y productos no perecederos para entregar a quien tuviera ese tipo de carencias.

Con alianzas entre fundaciones como A Todo Pulmón, Isaías 58, Agárrense de las Manos, y Funmiaven participaron en jornadas médicas de pediatría, odontología y desparasitación en Brisas del Sur, UD 337, UD 338, Core 8 y Piacoa, en el estado Delta Amacuro.

Los medicamentos e insumos que donan desde la fundación los reciben de organizaciones y de guayaneses que, estando en el extranjero, tratan de colaborar con venezolanos en extrema vulnerabilidad. Reciben aportes de migrantes venezolanos en Alemania, Italia, Polonia, México, España, de lo que calculan haber donado unos 4.200 kilos de medicamentos.

El valor de ayudar

Este año no ha podido asistir por la cuarentena y la escasez de combustible al asilo San Francisco de Paúl, en Ciudad Bolívar, el lugar donde Salazar más disfruta estar. La relación y el apego ha sido tan valioso para ella que recuerda el medicamento que necesitan los ancianos que allí viven para llevárselo cada vez que vuelve.

De las veces que asiste, se queda más tiempo para compartir y atender a los ancianos, ya que, cuenta, muchos están enfermos, han bajado de peso, sufren demencia senil y hasta viven tristes ya que son desatendidos por sus propias familias.

Hernández estima que tiene más de 20 años colaborando en hospitales, hasta que hace dos años decidió crear Fundación Vida y Corazón      

“Hay uno que en específico me pegó porque me dijo: ya yo no quiero vivir”, comenta Salazar. Muchos de ellos viven de la esperanza de ser visitados por sus familias, pero pasan años antes de ver nuevamente a sus allegados.

Para Salazar trabajar como colaboradora es crear vínculos afectivos que a veces son dolorosos. Como le pasó con Alfreidys Vareira, una joven ingeniera de 21 años que pasó los últimos dos luchando contra un cáncer: Linfoma de Hodgkins.

“No me dejes morir, Mildred. Yo no me quiero morir”, es una de las cosas que más recuerda sobre la última llamada que tuvo con Alfreidys. Era de San Félix, pero estaba recluida en el hospital Ruiz y Páez, de Ciudad Bolívar, a más de 120 kilómetros de su hogar.

Los recursos de Vareira eran limitados. Desde la fundación viajaban semanalmente a la capital de Bolívar para llevarle algunos insumos con los que podían colaborar, ya que su madre no tenía ni siquiera para costear los alimentos.

Con la ayuda de Guayaneses por el Mundo lograron comprar en Valencia las 18 ampollas para el medicamento que necesitaba Alfreidys. Era la oportunidad de mejora que necesitaba, pero su condición se complicó dos semanas después que consiguieron los medicinas y la joven murió de paludismo.

Lo doloroso de no poder ayudar

Salazar ha visto cómo en estos cuatro años los hospitales que visitaba en Bolívar se han deteriorado, sobre todo el Hospital Dr. Raúl Leoni, de San Félix. No se cuenta con los medicamentos suficientes para atender a los pacientes y no hay ni siquiera los especialistas para la enfermedad de cada persona.

Para Salazar esto ha sido frustrante en el momento en que las personas necesitan encontrar cura para su enfermedad. “Ayudar a una persona y que se te muera, eso es lo más duro. Que te pidan algo y no lo tengas es lo más duro”, relató.

“Uno quisiera tener para todos”, dice. Aunque a veces quisiera que las personas colaboraran más, comprende en ocasiones que no todos tienen la capacidad. Resalta que en estas condiciones tan críticas lo importante es el trabajo entre todos, ya que hasta compartiendo el medicamento que necesita una persona en redes sociales se puede ayudar a salvar vidas.

De corazón y de vida

Fundación Vida y Corazón nació en agosto de 2018 con el objetivo de visitar en hospitales a niños y adultos mayores en gran estado de vulnerabilidad. En estos centros de salud entregaban frutas, cremas nutritivas e insumos médicos.

   


La pandemia no ha paralizado las labores en comunidades de bajos recursos

La entrega de estos insumos nació con el apoyo de migrantes venezolanos y con lo que lograban recolectar solicitando en redes sociales, este último es el principal espacio por el que continúan recibiendo recursos. “Todos podemos hacer algo por alguien”, expresó Para Hansely Hernández, coordinadora de Vida y Corazón.

Desde la pandemia han dejado de entrar a los hospitales para evitar el contagio de sus cinco colaboradores, pero continúan realizando la entrega de medicamentos y de los alimentos que donan a través del programa Desnutrición Cero, una alianza entre varias fundaciones que nació para entregar alimentos de forma continua a enfermos de los hospitales Uyapar y Dr. Raúl Leoni.

Para Fundación Vida y Corazón la labor de todos es importante, por eso resaltan el valor de lo que puede significar hasta un envase de plástico reusable para entregar alimentos. En estos recipientes entregan comida a las personas que lo necesiten.

Atención y educación

Al notar una mayor carencia en las comunidades están trabajando con más énfasis en sectores vulnerables. En Sabana Linda, cerca de Core 8 llevan casi un año entregando medicamentos, haciendo seguimiento y verificando qué necesitan alrededor de 10 niños con discapacidad motora, síndrome de Down y microcefalia.

    Moraima ora y charlas sobre Dios para levantar la fe de las personas a las que ayuda

En su equipo cuenta con una enfermera y de forma constante se asesora con pediatras para orientar a las madres sobre cómo atender cualquier problema de salud o qué medicamento tomar.

Para Hernández buscan dedicarse con más ímpetu en estos sectores ya que considera es el lugar donde se puede prevenir que alguien se enferme y termine en un centro de salud. “Desde las comunidades es donde sale la raíz de los que llegan con una desnutrición al hospital”, relata.

Entre los proyectos que quiere hacer es formar comedores en Sabana Linda y construir una casa de educación con un personal donde puedan formar y orientar emocional, psicológica y profesionalmente a madres para que empiecen en nuevos oficios u emprendimientos.

“Si le enseñamos el oficio, si le enseñamos una manualidad, esas son herramientas que pueden darle el primer empujón para empezar a defenderse”, comenta. Considera vital este proyecto ya que sería la forma de generar independencia a las madres de comunidades pobres.

Isaías 58

Isaías 58 es una fundación cristiana que empezó en 2017. Durante su primer año trabajaron los primeros seis meses con indigentes y luego durante los siguientes seis meses colaboraron también repartiendo comida en hospitales.

El primer día que visitaron el Hospital Uyapar para entregar sopas les tocó ver a un niño morir por desnutrición. Moraima Solórzano, directora de la fundación no entendía por cuál razón le había tocado presenciar eso, pero comprendió que “ese era el trabajo que había que hacer porque allí estaba la necesidad más fuerte”.

Empezaron a repartir los fines de semana 500 litros de sopa que dividían en los hospitales Uyapar, Dr. Raúl Leoni y Ruiz y Páez. Siente que comenzar de esa forma incentivó a otras fundaciones a acercarse con alimentos a los centros de salud.

   
A Moraima le impactó cómo vecinos manifestaban que tenían como 3 años sin tener esos rubros juntos en esa mesa

Además de entregar alimentos hablaban con enfermos y oraban. Luego del primer año con las donaciones que reciben del extranjero tanto en dinero como insumos, empezaron a expandir su ayuda visitando comunidades que viven en extrema pobreza y sin acceso a alimentos o agua. Aquí entregan desde ropa, leche, pañales de adultos, combos de alimentos y hasta sopa.

Puerto Libre, Unare, Core 8, Villa Celestial son una de los sectores que han visitado para la entrega de comida, mientras que a la comunidad de waraos en Cambalache -que depende únicamente del río Orinoco para abastecerse de agua- los atendieron con el suministro de una cisterna de agua.

Para Solórzano, aunque les han advertido lo peligroso de visitar algunos sectores donde abunda la delincuencia, para ellos no es un temor. Las personas les han abierto las puertas para que puedan entregar alimentos.

“Por favor, aunque sea un huevo. Tengo como ocho meses que no me como uno”, le comentó uno de los vecinos ayudados en Sabana Linda, cerca de Core 8.

En este tipo de jornadas donaron combos de harina de maíz, arroz, sardinas y huevos, alimentos que vecinos tenían tiempo sin tener en casa.

Señala que la misma situación del país hizo que se activaran y nacieran fundaciones, pero no ve necesario más organizaciones, sino que las que están constituidas junto a las personas se comprometan a ayudar a los demás desde cada uno de los espacios en los que se desenvuelven.

Aspira que cuando la situación del país mejore pueda ayudar a otras personas en otros países y seguir con la labor que para ella es “pasión y amor”.
 

 
 

Editorial Roderick